Libertos y labores

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Que trabajo, que horror de trabajo buscar trabajo, querer trabajar, esa es hoy la tarea más indigna en la que se embarca el ser humano, quizá también las bestias. Hemos pasado de la maldición bíblica de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” a ser la arrugada frente de esa humillada maldición divina, porque no nos es permitido acometer esa dignidad capaz de demostrar de la tierra al cielo que no es ningún dios quien gobierna nuestras aspiraciones, y quien, por tanto, merece la sagrada ofrenda que es socorrernos unos a otros en las labores a que nos mueven las necesidades y afanes de los días.


Nos condenó dios a trabajar tras la expulsión del paraíso y hoy el infierno es ver que no se cumple, que no hay forma de poder cumplir con ella, que no hay dios que encuentre trabajo, y cuando digo trabajo no hablo del solidario quehacer de oficiar los unos para el bienestar de los otros, sino de la indignidad de ganar el pan de cada día por encima y debajo del de los demás sin importarnos humillarlos.


Hoy el trabajo es una indignidad y no porque lo sea, sino porque es una crueldad que nos va gastando aun cuando no trabajamos, en el mero acto de buscarlo, de prepararte para merecerlo y en aquello que tienes que padecer para conservarlo.


Debemos recuperar el trabajo, repartirlo y tratarlo como el derecho que es, y en esa virtud hacer de él un ámbito de escrupuloso respeto y fraternal quehacer capaz dignificarnos y no de denigrarnos.

Libertos y labores