No hay pandemia que valga si la fiesta se lleva dentro

Disfraces en la coruñesa calle de la Torre | Javier Alborés
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Hay dos formas de afrontar la ruina social que provoca la pandemia: llorar y patalear y ahora no respiro hasta que me ponga azul porque todo es horrible y mi vida ya no es una tómbola de luz y de color o adaptarse a las circunstancias y tirar de ingenio y buen humor. Hay casas en las que en el último año no se ha dejado de celebrar una sola fiesta, aunque los presentes se contasen con la mitad de los dedos de una mano. Todo es cuestión de actitud. Y un martes de Carnaval festivo y soleado es una invitación que no se puede rechazar. Normal que salir de casa ayer fuese como adentrarse en un universo paralelo. No había charangas, ni desfile, ni cientos de personas llenando bares y calles, pero a poco que uno diese una vuelta a la manzana se podía cruzar con Caperucita, un pingüino que iba de la mano con un tigre pequeñito y seguido de cerca por una morsa, tres princesas, Spider-Man, un par de seres indescriptibles y el clásico por antonomasia contoneándose con su peluca rubia y luciendo relleno pectoral y pelos bajo las medias de rejilla. Cuando la fiesta se lleva dentro no hay virus que valga.

No hay pandemia que valga si la fiesta se lleva dentro