Moneda al aire

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Nunca unas elecciones como las que hoy tendrán lugar en Cataluña se habrán celebrado en nuestro país con tantas incógnitas, hasta el punto de que entrever por dónde pueden ir las cosas o adelantar cualquier pronóstico sobre resultados viene a ser como lanzar una moneda al aire. La impresión dominante al abrirse la jornada es que de las urnas puede salir cualquier cosa, aunque me temo que no precisamente para bien de aquel territorio.


No se sabe si buena parte de las mesas podrán o no constituirse con normalidad; si hoy se conocerán los resultados o habrá que esperar al martes para una especie de segunda minivuelta con quienes no hubieran podido hacerlo en su debido momento; si el nivel de abstención va a ser asumible como para legitimarlas o no políticamente.


Celebrarlas en pleno auge pandemia ya ha sido una temeridad, santificada –todo hay que decirlo-- por un Tribunal cuya competencia para fijar fecha no está nada clara. El espectáculo de los presos condenados por el golpe independentista haciendo campaña en la calle con plena libertad de movimientos, tampoco ha tenido desperdicio. Y si se quiere, el que los líderes de los principales partidos territoriales no figuren en las listas no deja de ser una anomalía escasamente ejemplar: Junqueras, condenado por sedición; Torra, inhabilitado por sentencia firme, y Puigdemont, huido de la Justicia.


Ignoro lo que los trakings o rastreos internos diarios –más fiables- habrán augurado estos últimos días a las distintas formaciones en liza. Sondeos publicados ha habido muchos y un poco para todos los gustos. Por lo que indican, va a haber en cabeza un gran equilibrio de fuerzas y, por tanto, las combinaciones para la formación del futuro Gobierno regional han a estar muy ajustadas.


Ello hará inevitable un Ejecutivo de coalición, a la vez que para ver quién se hace con la presidencia de la Generalidad, estarán sometidas a un correoso tira y afloja hasta el último minuto. Como en otras ocasiones. Todo apunta a que el golpista Oriol Junqueras (Esquerra) tendrá en su mano quién será la primera autoridad de la institución autonómica. Y hasta podría ser él mismo si el presidente del Gobierno central -Pedro Sánchez- accede a indultarlo.


Así las cosas, la degradación de la política catalana puede llegar al extremo de que un presidiario condenado por los más graves delitos contra la Nación tenga en su poder la gobernación del territorio. Cómo extrañarse que además cuente con el aval de un condenado por terrorismo cual es Arnaldo Otegi, miembro de una banda que cometió 75 atentados y asesinó a 54 personas en Cataluña y que ha sido jaleado cuando ha comparecido en los mítines en apoyo de Junqueras.


Y por cierto: nuestra inefable Ana Pontón (BNG) deberá clarificar qué ha hecho ella allí con semejantes compañías. ¿Nacionalista o, mejor, independentista confesa?

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