El caos de las vacunas

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A comienzos de diciembre de 2019 y en su condición de nueva presidente de la Comisión Europea (CE), Ursula von der Leyen se hizo cargo de su despacho oficial en la decimotercera planta del reformado edificio Berlaymont, símbolo de la presencia europea en Bruselas. Y lo hizo en medio de las reticencias de observadores y corresponsales allí destacados. Había tardado mucho en obtener la confianza parlamentaria para sí misma y su equipo de comisarios.


Llegó con su círculo de colaboradores cercanos traídos directamente del Ministerio alemán de Defensa, donde había ejercido hasta el momento como titular del departamento. Frecuentes fueron las críticas de los primeros días por su opacidad y falta de comprensión de la política europea. Con el trabajoso final del bréxit y los milmillonarios fondos para la recuperación económica de la eurozona se suavizaron. Pero han vuelto a aflorar a prpósito de las vacunas.


Los críticos consideran que las últimas semanas han confirmado sus primeras impresiones: que la presidente no entiende la Comisión; que la dirige de forma personalista; que su círculo cercano monopoliza el poder de decisión; que mantiene en la penumbra al resto del Ejecutivo comunitario, y que casi en exclusiva habla con la prensa germana.


La decisión de la que la propia CE asumiera de forma centralizada la gestión de las vacunas pareció correcta, porque así se aseguraba que todos los Estados miembro tuvieran un mínimo garantizado. Pero el caso es que a la hora de la verdad el sistema no está hoy por hoy funcionando, hasta el punto de que el plan inicial de tener inmunizada para el verano al 70 por ciento de la población se torna imposible.


Ella reprocha a las farmacéuticas no haber cumplido con los compromisos adquiridos y éstas le devuelven la pelota con el argumento de que compró tarde y no supo hacerlo. Tampoco le faltó un error de bulto, que ella misma ha reconocido: el haber tensado en exceso la cuerda con el Reino Unido con esa su activación del sensible protocolo sobre Irlanda. Todo ello está poniendo de nuevo en juego la credibilidad de su actuación al frente de la CE.


La presidente viene cuidando mucho sus relaciones con los cuatro grandes grupos del Parlamento Europeo. Éstos, de momento, no han forzado la mano por entender que en medio de la pandemia no es momento de abrir grandes crisis.


Von der Leyen está intentando minimizar daños y salir lo más indemne posible –ella y las instituciones 

comunitarias– de estas “horribilis” semanas que le han tocado vivir en medio la lentitud de la Agencia europea del Medicamento (EMA), la demora de Pfizer y los recortes de AstraZeneca. Y de sus propios errores. Alarmas, protestas y enfados se han dirigido contra ella como piloto de la operación. Está siendo este su tiempo más difícil en Bruselas. 

El caos de las vacunas