Feliz año bueno

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Cada cambio de año, tradicionalmente, solemos desearnos los unos a los otros que los trescientos sesenta y cinco días que están por llegar, sean felices. Nuestra mayor obsesión parece radicar en la búsqueda de una felicidad que, a mi juicio, está sobrevalorada por la fugacidad de los instantes que la componen.

En mi opinión sería mucho más adecuado desearnos un año bueno. Un año positivo en líneas generales, en el que vayamos logrando muchos de nuestros propósitos personales y avanzando poco a poco. Un año en el que la pandemia vaya perdiendo fuerza, en el que reine la paz y en el que nos sintamos bien con nosotros mismos y con nuestro entorno… y, si este además nos aporta abundantes momentos de felicidad, pues aquí paz y después gloria.

La cuestión es que el ser humano tiende a pedir más y más. Se obsesiona con la idea de una felicidad permanente e inexistente y, a partir de ahí, todo se transforma en frustración. No parecemos darnos cuenta de que el simple hecho de que las cosas vayan razonablemente bien, ya es una felicidad de por sí.

Tendemos a olvidar que las cosas también pueden salir mal, mucho peor de lo que las conocemos y, también, de que al igual que puede tocar la lotería buena, puede hacerlo la mala, la oscura, esa a la que nadie parece recordar entre lamentación y lamentación por salir de sus vidas corrientemente buenas para alcanzar la utopía del sumun de la felicidad.

Y lo malo existe. Nos rodea, nos esquiva, nos tantea y juega con nosotros hasta que decide instalarse a nuestro lado o ir en busca de otra presa. Sin embargo, preferimos elucubrar con que nos toque ese décimo premiado con la felicidad, en lugar de valorar lo afortunados que somos por el mero hecho de que no nos haya tocado el premio gordo de la mala suerte.

Vivamos agradecidos por lo que tenemos y entretengámonos trabajando en la buena dirección, es decir, en favor de la consecución de pequeñas metas y logros que son en realidad la salsa de la vida. Disfrutemos de lo pequeño, compartamos nuestras alegrías cotidianas y sintámonos afortunados. Cultivemos lo nuestro y a los nuestros, porque la gente cuidada suele acabar siendo respetuosa, agradecida y buena… Y si logramos que cada individuo ayude al menos a otro, el planeta será un lugar mejor y más seguro.

No nos olvidemos de los que sufren. Aprendamos a ser más pacientes, respetuosos y considerados con los demás. Fomentemos la empatía para con los premiados con el gordo de la mala suerte, sin olvidar que nos ronda a todos y que, por mucho que queramos más y mejor, debemos rogar para que nos continúe esquivando lo peor.

Conservar la vida que tenemos haciendo paulatinas mejorías en ella, debería ser la prioridad de cada cual. Desterrar la queja y la insatisfacción para canalizar toda esa energía en pequeños progresos, a mi juicio, es la clave para que lleguen esos efímeros subidones de adrenalina llamados felicidad, que recargarán nuestras baterías hasta la siguiente subida y amortiguarán cada una de nuestras bajadas. Y no hay más, señoras y señores, vivan lo que tienen entretenidos y dejen de soñar con lo que no tienen porque, tal y como señalaba Benedetti, la felicidad también está llena de tristeza.



*Begoña Peñamaría es
diseñadora y escritora

Feliz año bueno