El Alvedro de la comida a domicilio en A Coruña: los riders ‘despegan’ desde Durán Loriga

Decenas de motos, patinetes y bicis de reparto entran y salen cada minuto debido a las obras en San Andrés
El Alvedro de la comida a domicilio en A Coruña: los riders ‘despegan’ desde Durán Loriga
Una rider se dispone a realizar un reparto desde la base de Durán Loriga | Javier Alborés

Si detrás de la comida rápida existe un largo proceso, valga la redundancia, de procesado, la comodidad del delivery requiere de una larga cadena de trabajo que, en realidad, sirve de sustento para muchas familias. Tanto para las propietarias del establecimiento como para quienes timbran con el paquete a la puerta de casa. Se trata de un negocio creciente y sin un techo a la vista cuyos engranajes son visibles en algunos puntos de la ciudad. El más llamativo de ellos, por estar en el corazón de la misma, es la calle Durán Loriga

 

Decenas de repartidores copan los espacios de aparcamiento entre Juana de Vega y Santa Catalina, aunque lo de aparcar es un decir, pues apenas tienen un segundo de descanso. 


Basta con sentarse un momento en las escaleras del BBVA o detenerse en la puerta de la Filmoteca de Galicia para presenciar un espectáculo digno de los principales aeropuertos del mundo: el flujo de motos, patinetes y bicicletas anaranjadas, amarillas o turquesa es constante. Juana de Vega es la improvisada terminal de llegadas y el final de la calle, hacia el Banco Pastor, la de salidas. Entre las 13.00 y las 16.00 horas, así como de 20.00 horas a medianoche al Alvedro de la comida a domicilio sólo le falta una torre de control. Esta, no obstante, la marca una aplicación en la que, cada vez que entra un pedido, un rider se pone en alerta.


La explicación es la obra de peatonalización de la calle San Andrés. El punto de reunión habitual estuvo hasta no hace mucho en la calle Huertas, a la altura de Gazteka. Sin embargo, la imposibilidad de circular o aparcar en la vía comercial ha provocado una concentración en la que se encuentra el punto de salida de varios gigantes del delivery: McDonald’s, Gazteka, KohLanta, KFC y varias hamburgueserías premium cercanas surten sus lanzaderas de comida exactamente desde el mismo punto. La ecuación es fácil: aproximadamente una veintena de locales de comida, con entre cinco y diez repartidores cada uno, y una media de 20 viajes por repartidor. En total se sobrepasa con creces el millar de envíos por turno.

 

Sin margen

El ritmo de trabajo de un rider parece en ocasiones el de un robot teledirigido sin apenas tiempo para descansar. Pero en el escaso margen entre la llegada y una nueva salida es posible encontrar una especial camaradería entre semejantes, por más que muchas veces representen a empresas de la competencia. La explicación pasa porque muchos de ellos no solamente son paisanos, sino también familiares.


Mayoritariamente venezolanos, aunque muchas veces también colombianos o brasileños, la explicación responde por un lado a la facilidad para entrar y, por otra, a la confianza que acostumbran a tener las empresas contratantes en la recomendación de los que ya se encuentran asalariados. Además, en el proceso legal que exige la llegada y asentamiento en España, se trata de una de las pocas salidas profesionales que pueden encontrar los demandantes de asilo mientras tramitan su regulación definitiva. 

 

Así lo confirma María, una caraqueña con apenas cinco meses de experiencia en la ciudad y que, le guste o no, se ha tenido que agarrar a lo que encontró: “Tú tienes un restaurante y me haces el favor de contratarme, es la salida que encontramos. Nadie que venga a España lo hace con la intención de andar pidiendo ni robando, sino de buscarnos la vida a base de trabajo. Y los buenos somos muchos más”.


María se ha tenido que adaptar no solamente al clima o a la forma de ser de los coruñeses, sino también a una forma de conducir que no siempre ha sido sencilla. “No es que sea más fácil, pero aquí se respetan mucho más las reglas”, dice sobre la parte positiva. “Sin embargo, en estos cinco meses he sufrido dos episodios de xenofobia difíciles: uno diciéndome que siempre nos andamos atravesando por la calle Real y otro que empezó a frenarme el coche muy cerca como para que yo le chocara y me gritó cosas muy feas”, añade.

 

Sin embargo, se lo toma como casos aislados dentro de una experiencia hasta ahora satisfactoria.
Se le acabó en cuestión de dos minutos la charla a María. Tiene que irse corriendo a realizar uno de sus 20 repartos diarios. En un rato estará de vuelta. Es la rueda constante en la que vive la población rider. La que se preocupa, al igual que nuestras abuelas, de que comamos siempre caliente. 

El Alvedro de la comida a domicilio en A Coruña: los riders ‘despegan’ desde Durán Loriga

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