¡Pobre niño!

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Estamos hablando, evidentemente, del escolar de Canet de Mar, quien, a cambio de dar plástica y psicomotricidad en castellano, se va a quedar sin un amigo, ya no le invitaran a los cumpleaños e incluso hay padres que han propuesto que se “apedree” su domicilio.


Esto no va de batallas políticas, de aprovechar el señalamiento de una familia que ha reclamado el cumplimiento de la ley para que el PP intente recuperar el apoyo perdido por sus trifulcas internas. Ni de que la ministra del ramo llame, tarde, al consejero catalán de Educación, Josep González-Cambray, que se paseó arrogante por las puertas del centro escolar para defender, no al niño, si no al catalán supuestamente amenazado.


Aquí se trata de crispación social, de nacionalismo exacerbado, de xenofobia. ¿De verdad los que se manifestaron a las puertas del colegio el viernes por la tarde creen que peligra el modelo de inmersión lingüística en catalán, o que su defensa justifica la petición de que se expulse al niño del colegio?


La alcaldesa de Canet, Blanca Arbell, de ERC, salió a defender a la dirección del centro escolar y habló de “bulos” y manipulación porque en realidad, a su juicio, no “está amenazada la convivencia”. No, la convivencia de sus votantes no, ni la integridad física del niño tampoco, faltaría más. Pero, y ella lo sabe, al final tendrán los padres del menor que cambiarle de escuela para que no se convierta en el chivo expiatorio del cumplimiento de una sentencia.


No es la primera vez que pasa. En 2015, en la localidad leridana de Balaguer, una familia que reclamó lo mismo acabó renunciando a que se les enseñara ese veinticinco por ciento en castellano y tuvieron que enviar a los hijos a otro colegio a treinta kilómetros de su casa para sortear el señalamiento social.


Cabe preguntarse si este es el tipo de sociedad al que aspira el president de la Generalitat, Pere Aragonès, y si le gustaría que esto le ocurriera a un hijo suyo si, por azares de la vida, tuviera que emigrar fuera de Cataluña.


La política de inmersión lingüística defendida como el Santo Grial por el expresident Pujol (por cierto: ¿conseguirá la Justicia, algún día, sentarle en el banquillo antes de que su avanzada edad le libre de cualquier responsabilidad?) era una forma de consolidar un nacionalismo excluyente. Ni el mismo se creyó nunca que, en democracia, el catalán corriera peligro.


Y ahí tenemos ahora a un “sucesor” en la “cruzada”, Gabriel Rufián, exigiendo a las plataformas de televisión que emitan series dobladas al catalán. Mejor sería para el niño de Canet y el resto de chavales que las series se emitieran en inglés con el pedagógico objetivo de que, como ocurre con los escolares de los países nórdicos, la lengua de Shakespeare se manejará como la propia. Más que nada por el futuro profesional...

¡Pobre niño!