Llegar a viejo

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Por algún extraño motivo, los seres humanos queremos vivir el mayor tiempo posible, pero detestamos la idea de hacernos viejos.

Probablemente, tras el concepto del envejecimiento se esconde un miedo soterrado a la falta de libertad o a llegar a tener que depender de terceros. Y, en esta sociedad en la que la mayor parte de sus integrantes suelen evitar involucrarse en los problemas ajenos y huyen despavoridos de las miserias del prójimo; la mayoría no están psicológicamente preparados para sentir los destrozos que el paso de la vida dejará en sus carnes y en sus osamentas.

Nacemos sufriendo. Venimos a un mundo hostil y lo hacemos desde otro del que no recordamos nada. Tal y como cantaba Julio Iglesias en “Así Nacemos”, lo hacemos con dolor y con la piel arrugada cuán presagio del día en que llegue la dura vejez.

Publicidad y redes sociales intentan enseñarnos a vivir. Promulgan que disfrutemos sin mirar hacia los lados, por eso de que el disfrute se nos pueda llegar a atragantar al ver como existen personas para las que su mayor placer radica en conseguir un paquete de galletas doradas en un economato social.

Aristóteles repetía que la vejez era despreciable. En mi opinión, se trata de un estado de seguridad, calma y tranquilidad, que derrocha una sabiduría otorgada por la experiencia, de cuyas fuentes quieren beber los jóvenes más inteligentes.

El anciano es sabio por vivido y bello por inteligente. Cada surco de su piel es un recuerdo grabado a pulso y, cada palabra que brota de su boca se transforma en enseñanza para las entendederas más ávidas de conocimiento.

Sin embargo, hay quien los considera tan inútiles como ellos mismos serán considerados algún día por otros, o tan torpes como ellos mismos lo son sin todavía saberlo.

Ser persona es un grado y ser mayor es un máster. Cada sentencia, pensamiento o reflexión proveniente de cualquier octogenario, nos recuerda que todo lo que nos atormenta tiene solución y que todo lo que vivimos ya sucedió antes. De otra forma, con otras creencias, menos recursos y otros nombres; ya pasó y ya se solucionó de un modo u otro.

Porque nada para. La vida sigue. De forma calculada va enseñándole a cada cual lo que considera que este necesita aprender y recordándole-para amortiguar la incertidumbre-, que por esto ya pasaron otros antes.

Quizás con distintos nombres, con problemas de otra forma pero con el mismo fondo, supervivientes de vidas nubladas-a veces-o soleadas de cuando en cuando. Espíritus sacrificados sin más consuelo que el de un paseo, un nado, o una partida. Dialogantes sobre un porvenir jamas imaginado para nadie. Náufragos supervivientes en la isla de unas tecnologías que nadie tiene tiempo para explicarles. Personas sabias a las que pararse a escuchar de cuando en cuando para relajar el alma.

Si llego a vieja de forma, seré siempre joven de fondo y, mientras yo me sienta así, me traerá sin cuidado como puedan verme aquellos que solo son capaces de percibir lo visible a los ojos; porque ese tipo de personas, los incapaces de bucear en los espíritus que se esconden bajo todas las carcasas, no merecerán ni un segundo de un tiempo que procuraré reservar para aquellos que lo precisen y valoren; pero sobre todo, a los que siendo todavía jóvenes, son conscientes de lo efímero de un tiempo que se les acabará escapando, tal y como me habrá sucedido antes a mí… y a todos los que aquí estamos.



*Begoña Peñamaría es
Diseñadora y escritora

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