A por la cuarta

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tres veces ha sido campeona de Europa la selección española de futbol. Vamos a por la cuarta. Y mira que han pasado cosas desde el gol de Marcelino en el Bernabéu contra la URSS (1964), cuya final se celebró en contra de una parte de los jerarcas del franquismo.

Un sector encabezado por el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, era partidario de no jugar aquella final. Consideraba una indignidad que el sagrado suelo de la patria fuese mancillado por una representación, aunque solo fuese deportiva, del país comunista por excelencia. Pero se acabaron imponiendo las tesis del sector encabezado por el más pragmático ministro del Movimiento (ropaje falangista de la dictadura de Franco), José Solís Ruiz, que pasó a la historia como “la sonrisa del régimen”.

La verdad es que Solís se la jugó. No quiero ni pensar lo que hubiera ocurrido en aquel opresivo sistema político si, con los polémicos antecedentes de aquel partido, al que habíamos llegado después de eliminar a Rumania, Irlanda e Irlanda del Norte, los futbolistas de la Rusia soviética hubiesen humillado a España en nuestra propia casa.

Si recuerdo todo eso es para entrar en situación ante la oportunidad que se avecina de comprobar los efectos del fútbol desatan pasiones dentro y fuera de los estadios. Como elemento de cohesión social contribuye a formar identidades colectivas y en su caso a reforzarlas.

En eres sentido, bien cerca tenemos lo de que el Barça es “mes que un club” en el imaginario de los aquel sueñan con la Cataluña como unidad de destino en lo universal. Tan cerca como lo de las banderas nacionales en los balcones, cuando España se proclamó campeona del mundo hace ahora once años. Si el Barça hace patria, la selección española también. En los dos casos, y salvando las distancias, el fútbol refuerza el sentimiento de pertenencia, que al fin y al cabo es personal e intransferible.

Todo esto me remite al inolvidable minuto 116 del partido con Holanda que nos hizo campeones del mundo y propagó el grito desacomplejado del “¡yo soy español, español, español...¡”. Algo así nos haría falta para escapar, aunque sea momentáneamente, de la España de unos contra otros (Felipe VI dixit). O sea, otro gol de Iniesta, marcado por alguno de sus sucesores en el equipo.

Ya solo nos falta superar la meta volante del martes contra Italia para dar una nueva oportunidad a la autoestima de un pueblo necesitado de alegrías. Si pasamos a la final se puede repetir el milagro del 11 de julio de 2010 en Sudáfrica. La marca España lo agradecería y Puigdemont pasaría un mal rato. Suficiente para celebrar por todo lo alto que, al menos en fútbol , somos los mejores de Europa por cuarta vez.

A por la cuarta