Indulto e insulto

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Cuasimodos de la raza y el chiringuito secesionista salen de la prisión que les contuvo en su ancestral desdén, por otra norma que no sea su voluntad, y enarbolan la bandera de esa cárcel que son, de la que nunca salieron, ni saldrán. Agnósticos, cuando no, negacionistas de la solidaridad, fanáticos del terruño y la sangre. Los veo golpearse, henchidos de soberbia, el pecho en señal de victoria, y siento pena y asco. Es mi derecho, después de sufrir a Franco no ha habido día en el que esta prole de hijos de la diferencia y el privilegio no hayan oscurecido nuestro porvenir democrático, ni hayan ofendido y menospreciado a sus convecinos y hombres de los demás pueblos de España.


España, esa es su disculpa, ellos no ofenden si dicen que no quieren a los españoles o que son vagos y maleantes, porque ellos hablan de España, pero que no ose nadie hablar de Cataluña o de los catalanes porque son ellos y es de ellos y en ese todopoderoso y omnipresente ser se les ofende.


Son terribles a la sombra del egoísmo, el racismo, la falta de solidaridad y el desprecio por la convivencia. Los veo y oigo encaramados en su épica de extorsión y chantaje, y me digo, cabe que un día sean héroes, pero solo entre aquellos de su mismo talante, porque ante los hombres de noble condición, esos que viven de su trabajo y atentos a su singularidad, no pasan de ser un clan que nos petrifica al modo de las dictaduras y los caprichos de cualquier dictador.

Indulto e insulto