Yo, mí, me, conmigo

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En una de sus obras magistrales, Juan Ramón Jiménez hace alusión a la importancia de tomarse las cosas con calma y de tratar de ir despacio, porque el único lugar verdaderamente importante al que uno tiene que llegar es a sí mismo. 


Nos pasamos la vida tratando de amoldar nuestro carácter a los distintos entornos que nos rodean, con el único fin de lograr vivir tranquilos y, en el fondo, de ser aceptados. Esto nos lleva a pulir nuestras aristas, cosa que por otra parte, resulta necesaria para vivir en sociedad, pero que en ocasiones nos hace perder u olvidar nuestra verdadera esencia.


Desde niños, se nos ha dicho por activa y por pasiva lo que debemos y no debemos hacer, dando por hecho que aquellos que nos educan son propietarios de la fórmula magistral de un amoldamiento social que, en líneas generales es necesario. 


El verdadero problema de ese adiestramiento radica en que, para lograrlo, tenemos que hacer un ejercicio continuo por controlar nuestros sentimientos y por tratar de fingir-en multitud de ocasiones-, ser quienes en realidad no somos. Y he ahí donde comienza el dilema emocional. 


Por una parte es necesario adaptarse a los parámetros de comportamiento que reinan en la sociedad en la que vivimos pero, por la otra, en la búsqueda de la normalidad, perdemos la genialidad intrínseca de cada individuo, que no es más que aquello que lo hace diferente de las masas.


Queremos gentes distintas y nos llaman la atención las personas que rompen los moldes, sin embargo, no estamos preparados para respetarlas sin despellejarlas, al menos, hasta que la aceptación de alguna de ellas por la mayoría es tal, que no nos queda más remedio que “sucumbir” a sus encantos, volviendo así a la rueda de la normalidad. Nos pasamos la vida queriendo ser quienes en realidad nos somos, nos maquillan desde que nacemos y corremos sin cesar en la búsqueda de no se sabe qué. Perdemos el tiempo buscando en los demás aquello que nos gusta o nos disgusta y tratando de corregirlo, sin darnos cuenta de que todas las personas corrientes tenemos un número similar de defectos y de cualidades, pero que estas son diferentes y respetables en unos y en otros.


El miedo a perder a aquellos que nos gustan o que simplemente necesitamos, nos obliga a travestirnos de cara a la galería, sin darnos cuenta de que cuando realmente somos queridos y queremos, tenemos que ser aceptados con todas las particularidades buenas y malas de las que hagamos gala y, del mismo modo, aceptar a los que nos importan con las asperezas y regalos que estos traigan de serie; porque aunque es necesario ser poseedores de una educación que nos anime o prohíba hacer ciertas cosas, no hay que olvidar que el verdadero amor disculpa y espera sin límites; por lo que si a una edad madura, aquellos que dicen querernos, en realidad solamente nos quieren cambiar de forma continuada, planteémonos si la causa de tal afán no esconderá el deseo soterrado de imponer sus criterios para demostrar su dudosa supremacía, o si se tratará más bien de una estrategia para vivir sin infortunios. 


Y tras esta humilde reflexión, quizás deberíamos despojarnos del miedo a perder a alguien y ser mucho más conscientes del peligro que entraña perderse a uno mismo tratando de agradar a los demás. Así que tratemos de empezar a alejarnos de todo aquello que nos separa de nosotros mismos, con calma, reflexionando, despacio y sin las prisas a las que hacía alusión el genial escritor anteriormente mencionado.

Yo, mí, me, conmigo