El trampantojo y la confianza

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El trampantojo es una técnica pictórica de acentuado realismo que intenta engañar a la vista jugando con el entorno arquitectónico, la perspectiva y otros efectos ópticos de fingimiento que llevan a conseguir una sustitución de la realidad. Puro ilusionismo. El mejor retrato de la política española de este momento. Si nos vamos a lo que dice el diccionario de la RAE, queda aún más claro: “Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es”. Trampa ante el ojo. Maestros en el trampantojo son casi todos los políticos actuales. Sánchez e Iglesias se graduaron cum laude hace tiempo. Abascal y Monasterio lo practican a diario. También Ayuso tiene algo de eso, aunque debió estudiar en otra escuela y su grado de “maestría” es menor porque se cree lo que dice. Sánchez y Ayuso eligieron a dos de los mejores gurús del trampantojo nacional, Iván Redondo y Miguel Ángel Martínez. Iglesias es su propio gurú.


La cogobernanza es un trampantojo. Después de seis meses de un estado de alarma “imprescindible” y sin rendir cuentas ante el Parlamento, el Gobierno no tiene un plan B, que dé seguridad jurídica a las comunidades autónomas para actuar. Que se apañen como puedan. El Plan europeo de reconstrucción es un trampantojo. Ni se ha debatido con empresarios, sindicatos y partidos, ni hay, todavía, un texto completo ni nadie sabe cómo se van a gastar y a controlar los generosos fondos europeos que nos deben sacar de la quiebra. Los ministros se lanzan a la calle el 1 de mayo, “contra la ultraderecha”, pero el empleo cae fuertemente, los ERTE salvadores son ahora una amenaza, miles de empresas está a la última y el Gobierno, que corrige a la baja sus previsiones mes tras mes, se ha vuelto aznarista: “España va bien”, repiten incansables. Trampantojo.


Lo que nadie se había atrevido a hacer hasta ahora, usar hasta el Boletín Oficial del Estado, el preámbulo de una ley firmada por el Rey, para criticar a otro partido, lo ha hecho el Gobierno que preside Pedro Sánchez. Trampantojo de enorme gravedad. Como lo es hablar de amenazas y violencia y fomentarla, como hace Iglesias o ser ministro de Interior y callar la detención de miembros de Podemos por los incidentes de Vallecas. O que Correos arruine su prestigio por la incompetencia de directivos procedentes de la política que cobran 200.000 euros al año y no garantizan la seguridad de un servicio que siempre ha sido modélico y seguro. Hay que acabar con el engaño, con el trampantojo, si no queremos destruir la confianza en las instituciones.

El trampantojo y la confianza