La extraña historia del silencioso cementerio moro a la sombra de la Torre que se convirtió en la Casa de las Palabras

La exótica construcción atrae la vista de todos los caminantes que recorren el entorno de la Torre de Hércules
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Los caminantes que recorren Punta Herminia se encuentran con uno de los monumentos más curiosos de la ciudad: el cementerio moro. Se levantó este pequeño recinto de unos 170 metros cuadrados, entre los años de 1936 y 1937, en plena contienda civil, al parecer por orden del general Franco. Se llevó a efecto bajo dirección de la Casa Militar del Jefe del Estado, con la idea de enterrar en él a los miembros militares de los Cuerpos Indígenas y escolta de Franco en sus visitas a esta ciudad, uno de los dos levantados en Galicia, son los únicos lugares de la región en donde existían ambos cementerios árabes, los cuales miran a La Meca.


Es cierto que en el transcurso de la contienda civil, combatieron con el Ejército un número importante de fuerzas marroquíes procedentes del Protectorado, unos calculan en cien mil, otras cifras lo rebajan y algunas lo sitúan entre los 25.000 y 50.000 militares, la paga era jugosa para el momento, unas 200 pesetas mensuales, además de otras gabelas en especie, lo que suponía que numerosas personas de entre 16 y 50 años se alistasen a servir en la contienda española.


En el Rif, donde no había nada que llevarse a la boca y donde el hambre era la moneda diaria, esta propuesta fue una salida económica a la que se agarraron numerosos marroquíes ansiosos de salir de la miseria. De modo que la cifra final debió de ser una muy cercana a los 30.000 combatientes marroquíes en la contienda española.


Acabada la contienda, el camposanto languideció y se convirtió en un estercolero hasta que el Ayuntamiento

se hizo cargo deél en 2006


En el tiempo que duró el conflicto, muchos de aquellos rifeños alistados en las filas nacionales murieron en el frente de batalla y en los hospitales de retaguardia, teniendo que habilitar lugares para enterramiento. Así el capitán general de Galicia, Antonio Aranda y su sucesor en el mando, Luis Lombarte, comienzan las obras del modesto recinto religioso en 1936 y lo finalizan en 1937, destacando el arco de su entrada y una pequeña cúpula situada en una de las esquinas del recinto, además de unos adornos a lo largo de la tapia.


Entierros

Una vez finalizado el cementerio musulmán, se efectúan los entierros, de moros convalecientes de sus heridas de guerra en el Hospital Militar de A Coruña, Sanatorio de Oza y otras dependencias sanitarias del ejército. Los apuntes indican que fueron enterrados varios miembros del Ejército Indígena Español, igual que aconteció con los militares ingleses y alemanes, que recibieron sepultura en San Amaro. A tenor de los datos hallados, en un pequeño libro del Archivo Municipal, guardado con esmero en la caja 2787 (1) que se identifica como “Libro que se corresponde a los enterramientos que se hagan de los Indígenas”, se sabe que fueron enterrados allí un total de 27 soldados regulares indígenas.


Al concluir la guerra civil, el cementerio queda en abandono y convertido en estercolero. Con el único y preciso tiempo en que el capitán general de la VIII Región Militar, Mohamed Ben Mizzián, ocupó su cargo, desde 1953 a 1955, y que trató de darle dignidad


Solo revivió en dos ocasiones: la primera, cuando el rey Abdullah de Jordania visita por dos días A Coruña en septiembre de 1949, invitado por el entonces Jefe del Estado. Según crónica de la época, el monarca visitó la Columna de Hércules, para los fenicios y de Marte, para los romanos. Desde dicho punto observó el cementerio, aunque no mostró interés alguno en visitarlo.


La segunda ocasión fue durante la visita de Mohamed Ben Mizzián Bel Kassem, al frente de la capitanía general de la VIII Región Militar, que tuvo una duración desde el 26 de junio de 1953 al 3 de junio de 1955. En mayo, teniendo noticia de su nombramiento, una brigada de soldados es destacada durante varias jornadas dejando el recinto impoluto, mientras que una cuadrilla de albañiles, arregla los daños. Mizzián solo lo visitó en una ocasión y al marchar a Canarias, el cementerio volvió a caer en el olvido. Allí fueron enterrados varios musulmanes, hasta ser repatriados algunos a Marruecos. Parte de los restos de los que no se hizo el traslado, se llevaron al Cementerio Civil de San Amaro, quedando allí sepultados en una fosa común, donde se indica; “ciudadanos árabes” De modo que aquel recinto quedó vacío de marroquíes.


En 2006, el Ayuntamiento, en posesión de aquel espacio antes militar, decide rehabilitar la zona, dentro del entorno de la Torre de Hércules y es cuando se convierte en la “Casa de las Palabras”. Su inauguración se efectuó el 1 de diciembre del año indicado. Recogiendo en los murales realizados con cerámica del artista Xoán Viqueira, unas 250 palabras que proceden del léxico árabe e incorporadas al lenguaje castellano y gallego, también se reproducen diversos textos en gallego, castellano, gaélico, latín y griego. 

La extraña historia del silencioso cementerio moro a la sombra de la Torre que se convirtió en la Casa de las Palabras