Migraciones inhumanas

|

Como si de animales se tratase, los migrantes hispanos tratan de colarse por la frontera sur de Estados Unidos en busca de un intento por vivir como lo hacen sus vecinos. Pero los descendientes de los que allá por el año mil quinientos trataron de arrebatarles sus esencias, les impiden el paso y campan a sus anchas por unas tierras que, cuanto menos, son un poco de todos ellos.


De la nada surgen personas agazapadas en los bajos de los coches, camufladas en camiones de mercancías o, al más puro estilo bíblico, formando parte de un éxodo. Y en esas marchas humanas en la búsqueda de un lugar mejor donde establecerse, que aquel que les fue marcado, aparece un niño caminando solo en el este de Río Grande City, una ciudad a sesenta kilómetros de McAllen, sobre la frontera entre los estados de Texas y Tamaulipas (México). Un área infestada de serpientes de cascabel donde el pequeño nicaragüense de diez años se quedó dormido en medio del trayecto en grupo, para despertar cuando el resto de sus acompañantes ya habían continuado su camino. Completamente solo, desesperado y con la mayor madurez que un rostro infantil puede reflejar; el niño pidió ayuda a la única persona con la que se topa en su trayecto hacia una muerte casi segura; un agente de la patrulla fronteriza que regresaba a su casa después del trabajo. Y el hombre ayudó al muchacho, tal y como marca la ley, llevándolo a las instalaciones de un centro de detención de Texas donde fue alimentado y hacinado- al igual que muchos otros niños que un día emprendieron un periplo similar-, dentro de una jaula. Si la huida de unas condiciones de vida difíciles, trae consigo el encierro en una mazmorra todavía más angosta y deplorable que aquella de la que escapan; quizás haya que replantearse el sistema que hemos creado, de arriba abajo. Porque estas historias parecen cuentos que se visualizan en la televisión o en las redes sociales para invitar a la mayor parte de los pobladores del mundo desarrollado a congraciarse consigo mismos a costa de la lejana desgracia ajena. Y no es justo y tampoco es inteligente.


El coronavirus nos ha demostrado como todo puede cambiar de un plumazo y poner del revés la vida del más pintado. Sin embargo, parecemos no ser capaces de comprender y, mucho menos de solucionar dignamente, el problema migratorio. Quizás sea porque no les toca de cerca, por lo que muchos hacen demagogia o se rasgan las vestiduras. A lo mejor todavía no se han dado cuenta de la vulnerabilidad de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea. Seguramente prefieren no pensar en lo que consideran utopías, mientras se centran en solucionar sus pequeñas vidas sin llegar a imaginarse lo que estas podrían llegar a cambiar de tener que migrar con un hatillo por toda posesión material. Sería ahí cuando el mundo lamentaría no haber legislado a tiempo normas de acogida y protección dignas para todos y en todos los lugares del planeta. Pero es que el ser humano, en general, es así. Vive y soluciona al día hasta que llega el tsunami y, al igual que sucede con esta peste, tiene que aprender mientras improvisa.


Es posible que si en España, durante los tiempos de paz, se hubiera pensado que vivir del turismo era demasiado arriesgado, se habrían creado industrias, por ejemplo farmacéuticas, por medio de las cuales no necesitaríamos estar a expensas de que nos venda vacunas algún país extranjero.


Del mismo modo, es casi seguro que de pararse a regular la migración pensando en que a uno mismo le puede tocar practicarla, estaríamos preparados para posibles evacuaciones de las que ojalá nunca tengamos que hacer uso. Es sumamente importante tratar de pensar con empatía antes de juzgar y también ser capaces de ver un poco más allá de las narices de cada cual. Porque señoras y señores, si algo debemos aprender de esta pandemia que asola al mundo, es que siempre, siempre, siempre, torres más altas pueden llegar a caer.

Migraciones inhumanas