Triste balance

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Con la publicación en el BOE del miércoles de los decretos por los que se disponen los ceses de Pablo Iglesias como vicepresidente segundo y como ministro de Derechos sociales y Agenda 2030, ha concluido oficialmente el periplo político del máximo dirigente de Podemos que se inició hace catorce meses con aquel su precipitado abrazo con Pedro Sánchez para formar el primer gobierno de coalición.


Se ha ido por decisión propia, en la convicción de que su candidatura para las elecciones autonómicas madrileñas del 4-M constituye la mejor baza para salvar los muebles del partido, de forma que éste logre superar la barrera del 5 por ciento del voto válido y pueda tener representación en la Asamblea o Parlamento regional. Quedarse fuera de tan emblemática plaza habría de ser la puntilla para una formación política que viene perdiendo gas de un tiempo a esta parte.


En su despedida Iglesias se ha hecho autovaler más de lo debido. Y se ha apuntado tantos sociales que no le correspondían, como la aprobación del ingreso mínimo vital (IMV), impulsada en mayor medida por el ministro Escrivá y que en todo caso habría que considerar como un fiasco sin àliativos, pues su aplicación se está quedando muy por debajo de los objetivos previstos.


Por lo demás, se ha ido sin lograr reformas para él tan sensibles como el límite al precio de los alquileres y la derogación de la reforma laboral de Rajoy. Se ha ido, además, sin haber visitado una sola de esas residencias de ancianos diezmadas por la pandemia, ni un solo hospital, ni una sola cola de parados o de reparto de comida a personas necesitadas, que como titular de Derechos sociales más le hubieran incumbido.


Iglesias ha estado dedicado a otras cosas. Fundamentalmente, a liderar un contrapoder dentro del Gobierno de coalición del que formaba parte y donde ha dejado un reguero de contiendas; a servir de enlace de Pedro Sánchez para con la ultraizquierda que sostiene el poder monclovita, y a demoler la obra de la Transición.


Ahora ha comprobado que la vida administrativa es más exigente de lo que esperaba y concluido que puede condicionar más al Gobierno desde fuera que desde dentro. Y se ha ido. Así las cosas, ha sido calificado como el ministro más superfluo, conflictivo y desleal de nuestra reciente historia democrática. Pobre, triste y desafortunado balance.


De todas formas, más que su fracaso a la hora de hacer realidad un programa netamente de izquierda, lo que lastra su legado político es la decepción que ha generado como referente ético. No ha predicado con el ejemplo. No ha existido coherencia entre teoría política y vida privada. Después de haber predicado la necesidad de acabar con la llamada casta, ha terminado por convertirse él mismo en casta. Su espectacular salto de nivel de vida no tiene en este sentido vuelta de hoja.

Triste balance