Eutanasia, por favor

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Conocí la historia de Ramón Sampedro a través de una película de Alejandro Amenabar llamada Mar Adentro. En ella, se nos muestran sin paños calientes las profundas heridas del alma de un hombre cuadripléjico desde que cumplió veinticinco primaveras; así como su lucha encarnizada, tras otros treinta postrado en una cama; para lograr morir por medio de un suicidio asistido.


El motivo de esta petición, no solo era el de lograr abandonar cuanto antes una vida que, pudiendo mover solamente el cuello, para él ya no lo era; sino también el de tratar de exculpar a los colaboradores necesarios para lograr poner en marcha su plan. Once valientes ayudaron a morir a Ramón. Once llaves distintas de un piso al que previamente tenía que trasladarse ante la reiterada negativa de su familia a ayudarle a volar. Once individuos que se conmovieron por su historia y que decidieron repartir las culpas entre varios para que ninguno pagase en soledad el alto precio de lo que hasta hace poco se consideraba un asesinato.


Hicieron falta treinta largos años de no ver más que el techo de una habitación, treinta navidades, treinta años pintando cuadros con un pincel en la boca y siendo completamente dependiente para comer, asearse o hacer sus necesidades. Hicieron falta demasiadas peticiones a jueces y ruegos varios a todo el entorno que solía visitarle. Fallecer se convirtió en su deseo y vivir en el único modo para poder diseñar la salida.


Finalmente Sampedro fue ayudado a morir sin el amparo de la ley y, sin pretenderlo y por medio de un ferviente activismo en favor de la eutanasia, este hombre y sus allegados sirvieron de referente para otras historias similares. Historias en las que, hasta hace poco, se castigaba con pena de cárcel a aquellos valientes, amantes y desinteresados colaboradores necesarios.


Ángel Hernández también decidió ayudar a su esposa, enferma de esclerosis múltiple, a seguir el camino marcado por Ramón. Su caso está en manos de un Juzgado de Violencia sobre la Mujer. Pero es que además, este hombre teme que una enfermedad neurodegenerativa lo postre en el limbo de la desmemoria. En ese lugar donde la vida ya no puede llamarse vida y la muerte adquiere el significado de libertad.


Hace pocos días, España ha aprobado por fin la ley de eutanasia, convirtiéndose así en el quinto país del mundo en regularla. Los solicitantes tendrán que sufrir una enfermedad grave, incurable o un padecimiento crónico que lo limite absolutamente para llevar a cabo una vida normal por culpa de un sufrimiento intolerable.


A partir de ahí que cada cual haga lo que le venga en gana y que nadie se rasgue las vestiduras hablando de pecados. Pecado quizás sea el ser testigo de la tortura a la que la enfermedad somete a un ser querido y no hacer nada para evitarlo.


En cualquier caso, decidan lo que decidan hacer con sus vidas, se trata de una determinación que solamente corresponde tomar a cada cual, porque únicamente uno mismo puede decidir si le merece la pena vivir en la cárcel que representa su cuerpo o si prefiere escaparse de los barrotes de su celda.


Y dicho esto, no debería haber polémica alguna a este respecto, porque todos somos libres de querer marcharnos o de decidir quedarnos y, absolutamente nadie, tiene derecho a juzgarlo.

Eutanasia, por favor