El fin de las armas

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En tiempos de la dictadura era frecuente oír narrar la historia de un fusil condenado al ostracismo del armero por haber sido causa de un accidente. Lo oías y te parecía el rapto de un oficial desairado en la ciega obediencia que entendía le debían hombres, bestias y armas.


Cosas de Franco que la democracia sanaría con su sola presencia. Eso creíamos hasta ver organizar dentro del rigor democrático un ajusticiamiento de fusiles incautados a ETA con un fin que mezcla triunfo con derrota, memoria con olvido, perdón con venganza, y se expresa cruda la barbarie de destruir las armas de los crímenes hoy, que le hacen más falta a las víctimas que a los verdugos. Para ellos un medio para su fin, para los otros el fin de la esperanza de conocer el quién de algunos de los 300 crímenes por esclarecer.


Otra vez la vieja tentación de derrotar a ETA con un triunfo, pero no cabe, porque, aun con dolor y asco, se puede perdonar a un asesino, pero no sus actos; delitos que ni prescriben ni tienen cabida en una sociedad de hombres libres y justos. La distancia entre víctima y verdugo es insalvable allí donde diverge el escrupuloso respeto por la vida de unos y el absoluto desprecio de los otros.


Salvar a ETA supone validar el crimen y el totalitarismo. Sobre esos despreciables actos e ideas deberían rodar las apisonadoras de la dignidad y no sobre sus fusiles que nada dicen ahora que no callan su amos ni cesan la loas de sus esbirros.

El fin de las armas