LA EVIDENCIA

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Estamos cargados de buenas intenciones. Y de fe. Confiamos de verdad en que podemos ser mejores. Tanto que demostramos una y otra vez nuestra esperanza. Y no dejamos de darnos contra un muro. Hasta que al final, nos rendimos a la evidencia. Como raza, somos maleducados y destructivos. Si nos dan una pared blanca nos encargaremos de llenarla de huellas de zapatos, pintadas y restos de carteles. El banco del parque acabará convertido en expositor de chicles y la papelera será tarde o temprano un amasijo de plástico quemado.
Como aquella vez que en el inmenso espacio vacío frente a los ascensores del portal de la que por entonces era mi casa se colocaron un sofá y una mesa de centro. Eran esos primeros noventa en que en los edificios aún se mantenía la cercanía entre los vecinos. Que te preguntaban por el examen de Ciencias, entraban en el piso de al lado a regar las plantas y de vez en cuando aparecían en la puerta con una bolsa de patatas recién traídas del pueblo. De hecho, el sofá fue regalo de un vecino tapicero y la mesa salió del salón de mis padres. El caso es que, pasado un tiempo ­poco­ el cristal de la mesa apareció hecho añicos y no mucho después por los asientos de piel apuñalados se salían las tripas del pobre sofá. Quizá alguno de los críos que pasaban por allí tuvo un descuido con una pelota y puede que luego algún adolescente iracundo la emprendiese, llave en mano, con lo primero que encontró. Quién sabe. La cosa es que, retirados los cadáveres, nunca más se volvió a llenar el hueco.
Hace unos días me topé con un bordillo. Literalmente. En una de esas calles del centro en las que se había arreglado el pavimento para que discurriese en un solo nivel y se habían eliminado los bolardos para que no hubiese escalones ni obstáculos. Con la idea de hacerle la vida más agradable a los peatones. Especialmente a los que tiene un bastón como prolongación del brazo o empujan un carrito de bebé. La cuestión es que la clave de toda esta idea era que los coches respetasen el espíritu de que la zona es para los que van a pie; en resumen, que no invadiesen la acera. Se pueden imaginar cómo acabó la iniciativa. Después de que no hubiese conductor sin escrúpulos que no aparcase en pleno camino, la solución fue inventarse un bordillo que sobresale como una montaña. Un pegote arquitectónico que es la muestra más evidente de que somos incapaces de no estropear las cosas.
La historia del portal ocurrió hace veinte años. Lo suyo es que esa fe que nos impulsa a seguir creyendo en nosotros nos hiciera pensar que hemos evolucionado. Entonces es cuando nos chocamos con un bordillo.

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