Compositores e intérpretes

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Tratándose de música, nunca sabemos a priori lo que nos podemos encontrar en escena, porque es el arte de lo temporal e irrepetible y, cualquier cuestión sobrevenida puede influir en el resultado final. Hasta que las notas van cobrando vida y se hilvanan en frases, pasajes y formas no se puede diagnosticar el resultado final de la exposición artística. Sabíamos que el de este viernes -concierto de abono número dieciocho- era uno de los conciertos estrella de la temporada, pero no nos imaginábamos que nos iba a causar una huella tan profunda. No sólo por el programa, que también, y sí por el inmenso trompetista que, al margen de lo que se tratase, de sus manos sólo podían brotar sonidos geniales e inmensos en emociones. 
Håkan Hardenberger se subió a escena en Palacio para interpretar “Dramatis personae”, o “Concierto para trompeta y orquesta” del compositor australiano Brett Dean. Esta obra consta de tres movimientos y cada uno de ellos encierra aspectos con los que el autor consigue, a pesar de su crudo y psicológicamente desgarrador lenguaje, mantener vivo el interés del público durante su más de media hora de duración. El comienzo de “Fall of a superheroe” –primer movimiento- comienza con sugerencias rítmicas en la percusión en forma de pinceladas de notas, geniales, inspiradas y, ciertamente, descriptivas. Al hilo de estos primeros compases nos introduce Brett en un sugerente mundo de densidades y plasticidad sonora que poco o nada tienen que ver con otras músicas contemporáneas. Se trata, sin duda, de una obra compuesta por un gran músico, y la versión de Handerberger le confirió un brillo a la partitura de cualidad extrema, rubricando una interpretación sencillamente irrepetible. El sonido y la intención de su trompeta eclipsaron cualquier otro detalle de interés artístico, por grande que fuera. Extraordinaria ovación para Håkan Hardenberger que salió a escena varias veces. En la segunda parte, la “Sinfonía no 1 en Si bemol m” de Sir William Walton. Para entender mejor esta sinfonía, no podemos obviar el trabajo que desarrolló como creador de música de películas. Con especial interés recordamos la banda sonora del “Hamlet”, de Laurence Olivier, en la que en su registro intervinieron Sir John Gielgud –inefable soliloquio- y Sir Neville Marriner. 
Walton cobró una energía indiscutible en la batuta de Gamba. Quedó clara su intención musical desde la exposición del primer tema de la obra. Energía, velocidad fulgurante y dinámica sobrecogedora fueron parte de sus señas identitarias. Rumon Gamba es un director que no deja indiferente a nadie, y su efusividad inagotable no es óbice para que permaneciese en primera línea un fuerte control sobre la orquesta durante toda la obra

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