Afectos y desavenencias

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Un tema de conversación habitual en las salas de conciertos es el que versa sobre el enfoque musical del director de orquesta, su perfil profesional, visión de las partituras e interpretación en general de las obras a exponer. Lo que ya no es tan frecuente es escuchar a la afición departiendo acerca de la relación de trabajo entre director y miembros de la orquesta y sobre la sinergia entre uno y los opuestos.
El concierto número cuatro de abono de la Orquesta Sinfónica de Galicia transcurrió -en apariencia- dentro de los cánones de la normalidad, si no fuera por cierta frialdad de la que hicieron gala algunos miembros de la OSG, justo tras acabar el concierto y volver a escena el maestro. Es el momento en el que los músicos, de forma canónica, por respeto, cortesía o, sencillamente, por formas sociales, agradecen el trabajo al director de la orquesta en forma y grado variados en amplitud, dependiendo del estado anímico y de cierta teoría de los afectos que no acabamos de llegar a entender. En este concierto percibimos cierta actitud que sorprendió y que no fue otra que la aparente frialdad por parte de algunos músicos con Payare justo en ese momento dedicado a la gratitud. Esta vez, unos más que otros, lucieron su faz con rasgos inequívocos de hieratismo, surgiendo así preguntas relacionadas con la importancia o no del director, la relevancia de las relaciones profesionales entre éste y los músicos y su influencia con el trabajo final, si es que llega a tenerla.
Dicho lo dicho, el resultado global de la exposición de los hechos escénicos no admite dudas: asistimos a un concierto en el que fluyó la calidad interpretativa por los cuatro costados. No podríamos recordar un solo detalle de entre el conjunto porque cada una de las intervenciones de las diferentes secciones orquestales sería suficiente para estar más que satisfechos, al margen, naturalmente, de los conceptos de rango más amplio derivados de las formas musicales superiores. Rafael Payare, el joven director venezolano se presentó –al margen de otras disquisiciones- delante de la OSG con la autoridad moral que le confiere la proyección internacional de su carrera–, y sus versiones fueron nítidas, correctas en tempi y con un grado de definición seccional impecable. 
Del programa interpretado –“La hija de Pohjolas”, de Sibelius, “Concierto para cello op 85”, de Elgar y la “Sinfonía no 3”, de Beethoven- destacamos la Sinfonía, pues consiguió una atención total por parte del público. Cada nuevo tiempo sorprendió más que el anterior, aunque la “Marcia Funebre” colmó nuestras aspiraciones, por respeto a las indicaciones dinámicas, tersura general en la cuerda, maderas inalcanzables en sonido y precisión.
El cellista Jean-Guihen Queyras merece mención por su gran expresividad y control, aunque el sonido, a veces, resultara un poco duro, por su particular búsqueda de contrastes extremos. Una vez más, la realidad superó a la ficción.
 

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