Qué cosas

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Luis María Ansón, miembro de la Real Academia Española de la Lengua e intelectual que nos merece todas las admiraciones y confianzas, ha dicho lo que sigue: “Con las debidas excepciones, nuestros políticos se distinguen por su mediocridad apabullante. Hay ministros y ministras que no hubieran pasado de auxiliares de redacción en un periódico”. Quizás por caridad eludió referirse al presidente del Gobierno. Porque un señor, Rajoy, que elige como ministros a la Mato, la Báñez, el Wert, el Montoro y otros del mariachi, demuestra su capacidad organizativa y su estilo de síntesis para llevar adelante un Gabinete de ministros. A veces da bochorno, por otra parte, hablar con determinados alcaldes, presidentes de comunidades, diputados o senadores y ya no hablemos de concejales y otros cargos de menor fuste. Sobran la mitad de los cargos políticos, el 80% de las empresas públicas, entes y fundaciones, o el 99% de los aborrecidos fontaneros, asesores y colaboradores, que engordan el capítulo de nóminas y son solo estómagos agradecidos, en muchos casos sin haber cursado ni siquiera el Bachillerato. ¿Y los partidos políticos? son en gran parte agencias de colocación –basta con mirar a Andalucía– donde se gastó sin mesura, donde se derrochó a manos llenas (¡oh, los ERE famosos!), con viajes gratis total, automóviles tipo “haiga”, chóferes, escoltas, asistentes y secretarias. Fiestas, banquetes, derroche total a lo nuevo rico. Además, mordidas, comisiones, dinero negro o sobresueldos.
En el año 2011, el Partido Popular gastó 133.398.210 euros e ingresó en concepto de cuotas de afiliados 12.303.879. O sea, el 90% de lo que derrochan los partidos es dinero público, de usted y mío.
Hace falta una ley que impida gastar a los partidos un solo euro más de lo recaudado por cuotas de afiliados. Mientras ello no ocurra, seguiremos siendo el ludibrio de Europa, el país de pandereta y el reino de la manga ancha. El pueblo llano seguirá apretando el cinturón más y más, o nos iremos a Laponia. No por Dios, a Laponia, no.

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