LA LIBERALIDAD DEL CORRUPTO

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Ante la pésima gestión que los gobiernos occidentales hacen de las empresas públicas, no es difícil deducir que los ciudadanos huyan de esa natural inclinación para abrazar la privatización. Lo hacen en la sana intención de acabar con la inoperancia y el mal uso a que las somete el depender de los intereses de grupos políticos en el gobierno: sobrecontratación, sobresueldos, amiguismos...
Perversión que no se esconde, ni maquilla, muy al contrario, se hace pública y se publica todos los días. Tanto es así, que más parece que hubiese interés en mostrarla en toda su crudeza. Porque la torpeza, la indolencia y el delito alcanzan mayor resonancia cuando los cometen aquellos que han de ser los garantes del sistema, es decir, los gobiernos.
Si el estado es quien defrauda, a los ciudadanos solo les resta buscar vaciarlo de contenido. Momento en el que sus dirigentes los arrastran, no hacia teorías netamente liberales, sino a fórmulas en las que se mezclan leves rasgos de esta ideología con gruesos trazos de otras netamente intervencionistas, dando lugar a una empresa privada pero copada por los poderes públicos.
Mediante esta práctica llegamos a una situación intolerable e insostenible, en la que lo privado y lo público se funden de la mano de la corrupción institucional. Comisiones, subvenciones,  permutas, presiden el quehacer de estas empresas que bajo la apariencia de lo privado socializan las pérdidas y privatizan los beneficios.

 

LA LIBERALIDAD DEL CORRUPTO