Poética electoral

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Malos tiempos para la lírica”, cantaba Golpes Bajos desde Vigo en 1998, en un momento, desde luego, no tan agreste como el que habitamos ahora. La poesía nunca se llevó bien con la política, básica y esencialmente por el hecho de que la pluma, como es sabido, en ocasiones puede más que los obuses, al menos a largo tiempo. Evidente resulta que cada corriente ha tenido sus poetas. Ejemplos los tenemos sobrados en la historia de este país. Siempre pesó más la lírica de Federico García Lorca –más incluso después de muerto, por la vileza de su asesinato– que la de Pemán, en el lado de los vencedores. Se podría decir que los versos riman más con los perdidos, con la desesperación, que con quienes alientan la imposición. Y lo hace desde tiempos inmemoriales, como si su nacimiento hubiese surgido exclusivamente como consecuencia de esa desesperación que tanto rige para el amor como para la belleza, para la tolerancia como para la intransigencia. Perdura más el “no nos moverán” que el “cara al sol”. El tiempo lo ha demostrado, como aquella imagen icónica –indudablemente también poética– de las protestas contra la guerra de Vietnam en la que una manifestante coloca una flor en el cañón del fusil de un militar.
De algún modo, de poética parecen saber los políticos. Ahora que estamos –solo oficialmente– en campaña electoral, la fraseología al uso escapa de la improvisación y transmite la idea de que son, tristemente, las palabras las que surgen primero y que, tras éstas, les suceden los hechos. Mencionar alguno de esos recursos tan líricos que suele utilizar la clase política, en ocasiones tan ocurrentes y en otras tan lamentables, no es tan siquiera necesario. Los versos, nacidos para expresar sentimientos, sensaciones, estados o consecuencias, parecen brotar antes que las ideas que los sustentan. A favor de quien acude desde este ámbito a la rima, en la política parece suceder al contrario. Solo un extremo ayuda a sostener en cualquier caso su empleo. Y es que, como la poesía, tienen carácter universal. Tanto valen para un sitio como para otro y solo es cuestión de cambiar el nombre de una localidad, de una actividad económica, de una resolución judicial que perjudique al contrario. No resulta extraño así que se confunda Ecuador con Honduras estando en el primero, o que palabras como “desmantelamiento”, “creación”, “ajustes” o “recortes” entren en el dietario político. Rimas, pues, las hay para todo instante.

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