Una extraña ciudad de acogida

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A Rocío Fraga, en cuya hoja de méritos se define como “activista feminista y de diversos movimientos sociales”, le gusta tanto tuitear por la noche como no hacer nada que tenga que ver con las responsabilidades de su puesto en el Gobierno municipal: concejala de Igualdad y Diversidad –¡vaya nombrecito!, ¿alguien se puede imaginar un departamento de Impuestos y Evasiones?, pues eso–. Un día que por accidente se le ocurrió hablar, juró y perjuró que no tomaría ni una sola medida contra los manteros de la calle Real, aunque su actividad sea contraria a la ley y perjudique al comercio local. Y, es verdad, ella no hizo nada, pero como no manda en la Policía Local –competencia de Xulio Ferreiro, el Varoufakis de A Gaiteira–, los agentes se incautaron de la mercancía de un vendedor callejero y le ha caído una multa 1.500 euros, pese a que toda ella era legal. Los jefes de SOS Racismo se han alporizado –con toda la razón– y le han preguntado a Fraga que qué clase de ciudad de acogida es esta. Si tienen suerte a lo mejor les responde en uno de sus sesudos tuits de medianoche, aunque no va a ser fácil, porque las explicaciones no son sencillas.

Una extraña ciudad de acogida