ESPERANZA

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Sospecho que nos encenegamos mucho. Ha llegado un instante donde estamos sin aire ni futuro. Con todos los caminos cerrados por una crisis de caballo. Sin embargo, desde mi paciencia utópica, busco un rayo de luz pues todas las tinieblas del mundo son incapaces de apagar el resplandor de una cerilla.

El hombre histórico ha atravesado penurias, catástrofes, epidemias y tribulaciones. Aquí, ahora, permanece atónito y desorientado. Únicamente mantiene la esperanza como pajarillo enjaulado en la caja de Pandora, aptitud de náufrago chapoteando brazos aunque no vea la costa y pugne por salvarse. “En el drama –nos recuerda la Antígona de Anouilh–, se lucha, porque se espera salir de él”.

Grandes remedios para
atajar grandes males. La esperanza no se puede
tocar pero si sentirse

También Abraham esperó contra toda esperanza. ¿No ha habido etapas más trágicas? El hombre ha sido capaz de superarse. Esperanzas agnósticas, materialistas, espirituales. ¿Acaso vale la esperanza como simple soledad y esperanza de nada? Sólo los amores humanos nos pueden abrir las puertas. Al que quiere no le importa morir –lance que ocurrirá irremediable–, pero si siente miedo de que muera su pareja.

Podría ser la soledad reflexiva a los Malraux contemplando los montes de Castilla al recoger cadáveres de aviadores en “L´Espoir” o, por el contrario, lo “invisible” contenido en la “naturaleza visible” de Saint-Exupèry.

Grandes remedios para atajar grandes males. La esperanza no se puede tocar pero si sentirse. Tampoco vale como mercancía de trueque porque carece de respuesta. Comporta así un aprendizaje de silencio. Y el progreso y la superación comienzan allí donde todo se da sin esperar nada a cambio. Como nueva aptitud para escucharse a sí mismo o con la suerte colectiva y plural decirnos sin estridencias al afanarnos y compartir esfuerzos y sacrificios.

 

ESPERANZA