ESTOY CANSADO

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La democracia hace aguas. Salta a la vista. No hace falta ser un lince para darse cuenta del momento tan peligroso que vive España. La corrupción hace estragos entre la población, incapaz de levantar cabeza ante los numerosos casos que se prodigan. El último, el más sangrante, el caso Luis Bárcenas. Estamos en boca de todo el mundo y no por los toros, el flamenco y las paellas. Esto es un caos de proporciones incalculables. Aquí hay mucha faena por hacer. Y lo malo es que la experiencia demuestra que en este país, nuestro país, mi país, segundas partes nunca fueron buenas.

Cómo es posible que los pensadores sociales se pregunten cómo es posible que la situación actual del país, con zonas de paro escalofriantes, con períodos de carencia salarial alargados por años, con una población en paro por encima de la edad de avistar otro trabajo, sin perspectiva de volver a encontrar un salario, con familias enteras arrebujadas en el sofá ante la tele, soñando con dejar de pasar necesidad y que alguien encuentre trabajo, con los servicios sociales de ayuda colapsados por colas interminables de profesionales que guardan su turno y su vergüenza para que les den un kilo de harina o un paquete de café.

Y es que los bancos ya no se prestan dinero ni entre sí, porque tampoco se fían de ellos mismos. Y hasta la propia familia cambia de esquina para cruzar la calle, no sea que tengan que encontrase con un allegado. Mientras, el vecino observa por la mirilla antes de salir al descansillo. Sálvese quien pueda.

Por todo ello, estoy cansado. Veo que el hombre se queda solo. Mira a su alrededor y cada vez ve menos gente. Las penas de cada uno no son las de los otros. Ya no. Las miradas de los desesperados se van quedando junto a los zapatos como las meadas de los ancianos. Tan cerca y tan débiles. Porque el hartazgo, la desazón y la indignación alcanzan máximos históricos, empujado por una manada de sinvergüenzas, ladrones, corruptos, oportunistas y capitalistas sin escrúpulos.

ESTOY CANSADO