COMPLEJOS FUERA

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Los gallegos llevamos el minifundio clavado en los genes. De otro modo no se puede entender que A Coruña, Vigo y Santiago anden enrededando en un intento por conseguir que el mal de unos se convierta en mal de todos. Por ejemplo, si se decide paralizar la Cidade da Cultura, desde compostela se afirma, con total desfachatez, que mucho más cara resulta la construcción del Puerto Exterior. Como si la ópera y el transporte de crudo tuvieran algo que ver.

Pero las cuitas no se limitan al tráfico marítimo, la guerra también está abierta en el aéreo. Desde Santiago se aplica aquello de sarna para los demás y se propugna sin rubor ni recato que todos los aeropuertos gallegos cuyo nombre no comience por L de Lavacolla deben cerrar sus puertas para mayor gloria de esa nueva magna terminal, que, como sucede en los edificios del Gaiás, ha conseguido explicar con una imagen lo que significa el vacío, sobre todo de usuarios.

Es posible que si la mitad de los concejales santiagueses no estuvieran imputados tal vez dedicaran sus esfuerzos a gobernar su ciudad en lugar de intentar dinamitar el crecimiento de las demás. Si así fuera, se darían cuenta de que Peinador y Alvedro son, básicamente, aeropuertos de negocios y que el movimiento de viajeros lo generan, de forma mayoritaria, las empresas que se asientan en ambas ciudades.

Solo así se puede entender que las compañías que operan en A Coruña o Vigo se permitan cobrar el billete para ir a Madrid hasta cuatro veces más caro que en Santiago. Saben que quien elige esas terminales para volar lo que quiere es agilidad y poco le importa tener que pagar más. Pero eso es lo de menos. Lo triste es que mientras aquí nos quitamos los ojos, en Cataluña mantienen cuatro aeropuertos abiertos pese a tener, solamente, 1.532 kilómetros cuadrados más que en Galicia.

Es más, ellos no hablan de cerrar terminales. Lejos de ello, apuestan por crear hasta un ejercito propio, formado por 38.000 soldados y en el que están dispuestos a invertir entre 2.800 y 3.500 millones de euros. Además, estas fuerzas no solo se encargarían de proteger el territorio catalán sino también a sus nacionales que viven fuera de sus fronteras y que la Generalitat cifra en 185.000.

Eso sí que es pensar a lo grande. Olvidarse de la crisis, de las carencias, de que se cierran hospitales y colegios o de que no hay dinero ni para pagar las aspirinas. ¡Cuánto nos queda por aprender a los gallegos para ver si de una vez conseguimos sacudirnos nuestro complejo de inferioridad!

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