No salgan, vayan a votar

|

Resulta difícil saber a qué atenerse en estos tiempos de miedo, incertidumbres, ignorancia y desinformación, pero lo cierto es que gallegos y vascos estamos llamados a las urnas el 5 de abril y ya sabemos lo importante que es participar para que nadie decida por nosotros. Sobre el papel, todo normal y cada uno con sus expectativas sobre quién ganará en esos comicios, pero se da la circunstancia de que, ahora mismo, nada es normal en el mundo y, por lo tanto, tampoco en España ni en Galicia. El Covid-19 se ha colado en nuestras vidas para desorganizarlas, contagiarnos y, en algunos casos, liquidarnos. Esta última posibilidad afecta, sobre todo, a personas de avanzada edad y que padecen otras patologías previas, o sea, al noventa por ciento de lo que hemos dado en llamar población de riesgo porque a partir de los ochenta años, lo normal es tener cosillas que obligan a medicarse, la naturaleza es así. Pues bien, con la amenaza sobre nuestras cabezas no parece razonable hacer ir a votar a personas que pertenecen a ese grupo de riesgo y que, por cruel que parezca, pueden arriesgar sus vidas por ir a votar. Suena a épica, pero es un drama. Supongo que muchas personas tomarán la precaución de no permitir que sus mayores corran este riesgo. Les recuerdo que se ha pedido a la gente que deje de visitar centros de mayores para evitar contagios, que nos insisten una y otra vez en la importancia de hacernos cuarentenas domiciliarias y que los abuelos no besen ni a sus nietos. Y con estos antecedentes, en principio, el día 5 todos a votar, todos menos los más de 200.000 mayores que no quieran arriesgar sus vidas por un voto. Vamos a ver políticos de Dios, ¿no les parece razonable plantearse retrasar esos comicios para evitar males mayores, nunca mejor dicho y realizar las elecciones en condiciones de normalidad salvaguardando la salud de las personas que aspiran a representar?. Hay quien dice que es muy complicado suspender los comicios y no seré yo quien lo desmienta, pero los legisladores de otros tiempos nos han legado leyes que pueden amparar esta decisión como la ley 4/1981 de estados de excepción, alarma y sitio que ya plantea asuntos como crisis sanitarias y epidemias, bajo el amparo de esta ley y con el acuerdo de las formaciones políticas, es perfectamente factible aplazar las elecciones por la salud pública y, si me apuran, por salud democrática. Siempre habrá miserables que hagan sus números y calculen cuántos votos de esos que se perderán son suyos o de otro partido, pero este razonamiento me produce tanta repugnancia que no lo desarrollaré más, allá cada uno con su conciencia. Si digo y en voz alta, que alguien tendrá que asumir la responsabilidad sobre las consecuencias que pueda tener el mantener la fecha, que alguien tendrá que mirar a los ojos de los ciudadanos para decirles que pueden ir a votar sin jugarse la vida y garantizar indubitadamente, que nada pasará. Porque si esto no es así y se anima a ir a votar a los mayores, tendrán que explicarnos por qué se ha cerrado el parlamento nacional, los parques y las discotecas y porqué nuestro presidente hace ruedas de prensa a través de un plasma y sin contacto con los periodistas. Si queda sentido común, ese que ahora nos reclaman a los ciudadanos, las elecciones deben aplazarse con la misma naturalidad que se van a suspender los actos de campaña electoral, los partidos de fútbol y las funciones en teatros y, en algún momento, hasta los oficios religiosos. Todas estas medidas doy por hecho que se toman en beneficio de la salud de la ciudadanía, las asumo y las comparto, incluso exijo más, pero con las mismas razones exijo que se suspendan hasta nueva fecha las elecciones gallegas y vascas. No queremos mártires, queremos mayores a salvo de riesgos y queremos que, cuando votemos, podamos votar todos y sin riesgos.

No salgan, vayan a votar