Un lío supremo

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No nos merecemos nada de esto. Lo que viene sucediendo en España desde hace ya unos años no tiene explicación, o no se la encuentro, desde ningún punto de vista. Aceptado el sistema constitucional y con él la separación de poderes como un sistema garantista para la ciudadanía se está convirtiendo en una trampa para los propios ciudadanos. Los líos en el Ejecutivo los padecemos cada día en forma de bandazos en el rumbo de esta nave llamada España. Decisiones incomprensibles, ministros que van y vienen, dimisiones, ceses y opiniones encontradas dentro del Gobierno que desconciertan a la opinión pública, el último episodio el de la ministra Robles y el tema de Arabia Saudí que puso a la ministra a los pies de los caballos por segunda vez con el mismo tema con la descalificación pública de su propio presidente. 
En el Legislativo más lío, un gobierno que no salió de las urnas sino de la suma de cosas distintas que, en principio, nada tienen que ver. Diputados que representan los restos de ETA, otros que quieren romper España y otros del partido socialista suman sus votos para echar a Rajoy y aprobaron una moción de censura para dar a luz a un Ejecutivo, que, según destacados socialistas, es un gobierno Frankenstein, una especie de monstruo que no genera confianza. Aún hoy nadie reconoció en qué condiciones aceptaron aportar sus votos para que Sánchez sea presidente, como a él mismo le gusta recordarnos con insistencia. En todo caso, el Parlamento nacional se ha convertido en una jaula de grillos donde cada vez se utilizan palabras más gruesas y se buscan menos consensos. 
Eso sí, el Gobierno actúa bajo el mandato de unos presupuestos que hicieron otros y amenaza con prorrogarlos en caso de que los independentistas no los aprueben. Estos ya han dicho y han sido claros que solo los aprobarán si se liberan a los políticos presos por gravísimos delitos contra el Estado. Pues eso, otro lío y de los gordos. En todo caso, a los ciudadanos nos quedaba el Poder Judicial, que nos garantizaba que nada de lo que los otros dos poderes pudieran liar, siempre la justicia pondría las cosas en su sitio. Pues tampoco, el Supremo va y monta el lío, si cabe, el más gordo de todos. Se juzgaba si el impuesto de actos jurídicos documentados los tenía que pagar el consumidor o la entidad bancaria a la hora de formalizar una hipoteca. La sala tercera del alto tribunal falla y lo hace en contra de la banca, que, según ellos, debía de hacerse cargo de tal impuesto, juzgan, sentencian y… ¡lío!. A las pocas horas de publicarse el fallo, el presidente de la sala decide convocar un pleno de la misma para analizar y aclarar el contenido de la sentencia. ¿No hubiera sido más razonable analizar la sentencia antes de publicarla? 
Ahora todo lo que se haga estará mal, el Supremo habrá perdido credibilidad y los ciudadanos tendremos que seguir pagando ese impuesto, aunque sea de otra manera, pero no duden que lo pagaremos. La despolitización de la justicia es una necesidad y, en el mejor de los casos, este desbarajuste sirve para iniciar ese camino y que la justicia recupere su crédito. Hoy, más que nunca, necesitamos una justicia limpia e independiente que nos sea útil y nos evite líos, no que los promueva.

Un lío supremo