Libertad para ofender

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Cuando uno tiene la responsabilidad de educar sabe que hay momentos en los que hay que tomar decisiones incómodas que pueden provocar cierta distancia provisional con los educados. Actos que los jóvenes no entenderán hasta que ellos mismos tengan que educar, es aquello de que un adolescente no entiende a sus padres hasta que tenga hijos que seguramente no lo entenderán a él. Es ley de vida, un padre es un padre no un amigo y eso conlleva responsabilidades distintas. Los que vivimos el final del franquismo y crecimos en democracia entendimos muy bien los esfuerzos que nuestros padres hicieron para lograr una convivencia razonable y en paz y tomamos buena nota de la experiencia vivida para trasladar a nuestros hijos la idea del respeto a los demás como un valor irrenunciable para que una democracia tengo un nivel de calidad aceptable y homologable a otras democracias que admiramos y debieran servir de ejemplo para nuestro sistema. Por ello nos cuesta trabajo entender la pertinaz defensa de algunos del derecho a ofender, que nada tiene que ver con la defensa de la libertad de expresión o, lo que es lo mismo, no entiendo el ejercicio de esta libertad como arma para denigrar u ofender a un tercero. Aquellos que amparan a los que desean la muerte a otros, se ríen de los tiros en la nuca que mataron a compatriotas, hacen mofa de las víctimas de atentados o humillan sentimientos religiosos no están, a mi juicio, haciendo uso de la libertad de expresión si no de la libertad para ofender. Esto es inaceptable lo diga quien lo diga y no refuerza la convivencia si no que la rompe buscando enfrentamientos que sabemos cómo empiezan, pero no como pueden acabar. La libertad de expresión debe proteger el libre pensamiento y su defensa pública y todos hemos de aceptarlo, aunque no compartamos lo que se dice. Un insulto no es una idea, la política ha tenido mucho que ver en esta perversa definición de la libertad de expresión, cuando desde de la política se usa el insulto como descalificación del adversario cabe esperar que la ciudadanía pueda caer en la tentación de emular a sus líderes, trasladando a la calle las peores consecuencias de la peor política. Me da la impresión que la maldita idea de lo políticamente correcto ha nublado algunas mentes que no se atreven a enfrentarse a la ola política y mediática que impone cánones de comportamiento que cruzan la raya de lo absurdo.


Defender las libertades es defender la pacífica convivencia entre los ciudadanos. Aquellos que defienden el insulto o la injuria como una forma de libertad deben retomar las clases de democracia y los que practican esta modalidad de sentirse libres, necesitan, además, algún tratamiento psicológico. Lo cierto y verdad es que si usted es hijo, padre, hermano o amigo de un asesinado de ETA tendrá que aguantar que un descerebrado le ponga música y letra a su dolor para su escarnio y que lo haga al amparo de la ley que el gobierno pretende, si conoce a alguna mujer víctima de una violación también podrá escuchar en alguna radio o televisión a un “artista “animando a las violaciones o sencillamente, si usted es español podrá asistir a la quema de símbolos que nos unen con la impunidad total por parte de sus agresores. Porque las palabras dañan, el lenguaje torticeramente utilizado ofende y el derecho a sentirse ofendido no está protegido por ninguna ley. Tampoco lo está la reacción más o menos afortunada de aquel que, sintiéndose ofendido, decida dar respuesta a su agresor. Mala fórmula para una convivencia pacífica y democrática, pero es que algunos parecen decididos a enfrentarnos y trabajan duramente para conseguirlo. Las revueltas sociales son caldo de cultivo para los extremismos y de eso entiende y mucho, Pablo Iglesias que, aunque cueste trabajo creerlo, es vicepresidente del gobierno de España. A dónde hemos llegado.

Libertad para ofender