Crónica del estrés postraumático

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Guardo en mi boca a golpes y como un golpe, porque en ella nace, una amarga y seca sensación de violento choque que se extiende por toda la naturaleza de ese ser en el que me visualizo en la mente, ese que alcanzo a concebir estremecido y confuso, tanto que siento miedo por él, y también de ser él y no poder socorrerlo. Me da rabia y produce tristeza porque lo saboreo y siento en mí como una agresión de la que él es, como yo de él, inocente. Eso soy, un ser chocado que se agita en un ser que soy yo y en el que no me reconozco. 

No es solo el seco estallido de la bomba, es, y lo sé, el malicioso y criminal silencio de la mano que apunta tu nombre lejos de la pila bautismal, en tu íntimo atuendo y naturaleza, para que te alcance otro silencio desnudo, el del plomo que abre y cierra en el asesinado la posibilidad de oír el seco sonido del disparo. 

Se agita en mí un ser imaginario y lo hace con tanta fuerza que me conmueve en mi cansada anatomía; ese es el umbral de la vieja herida en la que entro a cualquier hora de cualquier día para un fin que soy incapaz de comprender y aún menos explicar. Es, como he dicho, un seco golpe que me estremece fuera para hacer de mí y en mi interior un ser estremecido.

Esa es la secuela con la que ha de cargar la vida después de haber burlado la muerte en las manos de alguien de tu misma especie y condición en su inhumanidad, perdido, tanto que te estremece aún dormido.

Crónica del estrés postraumático