El aprendiz

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Abel Caballero ha hecho buena aquella máxima de que el que no llora no mama. Tanto que, como todo siga así, va a tener que someterse a una de esas operaciones milagrosas de reducción de estómago, porque, la verdad, resulta difícil imaginar que pueda mamar más.
El que fuera diputado por A Coruña aprovechó sus años bajo la capa protectora de Francisco Vázquez para  aprender una por una las lecciones que le iba dando su maestro. Ahora, desde su sillón de alcalde de Vigo, aplica lo asimilado buscando que el viguismo le lleve de una vez a disfrutar de una mayoría absoluta, que, por ahora, todavía no fue capaz de lograr.
Para la reencarnación de Leri, cualquier excusa es buena para sacar a pasear su filosofía, compuesta a partes iguales de populismo barato y localismo trasnochado. Que Peinador pierde pasajeros, pues se invocan unas inexistentes ayudas de la Xunta a Alvedro para intentar disfrazar de discriminación unas nefastas negociaciones con las compañías aéreas.
Que no funciona el pacto de gobierno con el BNG, pues se siembra la ciudad de bancos con una inscripción en la que quede claro que el presupuesto para ellos sale de la Alcadía y no de un departamento dependiente de los nacionalistas.
Que Abanca decide llevarse la sede de Afundación para A Coruña, pues se monta el numerito para que todo siga igual, aunque en los papeles se asegure que no será así. Porque, en el fondo, ni Caballero ni ningún aprendiz de manipulador será capaz de engañar por más tiempo a una sociedad que sabe que el progreso es la antítesis de la autarquía.
En una ciudad sin centros cívicos, sin guarderías municipales, en la que apenas existen los servicios sociales, de nada servirá que su regidor se siga difrazando de víctima y apelando a supuestas discriminaciones mientras hincha las listas de trabajadores municipales con parientes, amigos y allegados. Es lo que tiene pasarse la vida llorando para mamar, que al final la teta termina por agotarse.

El aprendiz