En memoria

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Julio Anguita, dirigente histórico de IU, acaba de morir. Otro infarto le apartó de la vida política donde fue perdiendo ascendiente y se convirtió, para Alberto Garzón en un incómodo florero. De hecho, se llevaba mucho mejor con Iglesias. Tal vez, su profesión de maestro fue lo que le infundió ese intolerancia ante lo que consideraba “desviaciones” en el pensamiento lógico. De gesto adusto, su paciencia se desbordaba ante las tonterías. Ya hace veinte años aleccionaba a los jóvenes de entonces, a los que consideraba poco comprometidos y blandos con la necesidad de rebeldía frente a la injusticia social. “Ser rebeldes con vuestro padres, les dijo, no es rebeldía es mala educación”.

Su etapa, al frente del PCE, se caracterizó por la unanimidad en torno a su persona. Trabajador infatigable, mantuvo un enfrentamiento cuasi permanente con el PSOE de González y especialmente con este último. Su etapa no se caracterizó por la unidad de la izquierda, más bien todo lo contrario. Eran dos personalidades muy fuertes, con consolidados liderazgos, y chocaron.

Y es que Anguita, a quien en Córdoba pusieron por sobrenombre “El Califa”o, estaba acostumbrado a mandar. En esa etapa se consolidó su imagen de buen gestor. Nunca se llevó un duro a su paso por el poder y vivió de la misma forma y con los mismos medios. No necesitó tragarse los principios para adquirir un chalet a las afueras de Madrid. No era su estilo.

Ya retirado dsufrió el gran drama personal de perder, en la funesta guerra de Irak, a su hijo.

Precisamente en este momento, en el que la extrema derecha se ha lanzado a la calle, armada de cacerolas para protestar contra el confinamiento, sin respetar el estado de alarma y saltándose todas las precauciones a la torera, convendría escuchar de nuevo lo que el desaparecido líder de IU decía el pasado lunes, 4 de mayo: “En estos momentos de crispación que están aprovechando algunas fuerzas políticas, hace falta serenidad, reflexión y sopesar razones”. Pedía una salida a la pandemia, ecológica y justa; al tiempo que se quejaba del exceso de visceralidad y de políticos que están arrimando el ascua a su sardina “que ya huele de podrida que está”. Genio y figura, hasta el último día de su vida, llamó las cosas por su nombre y mantuvo sus principios.  

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