La lengua madre

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Visto lo escuchado necesito aplicar la cartilla. Dos funciones apoteósicas en el Rosalía. Compañía Pentación. “La lengua madre”, de Juan José Millás. Dirección, Emilio Hernández. Actor, Juan Diego. La palabra, patrimonio común, que nos permite entre todos escribir “El Quijote” o participar en los mensajes navideños del rey.
Ahora, es de razón, confesarles que me dieron gato por liebre. La sala  sufrió cambio radical conforme el monologuista accedió al escenario. Las luces de la sala volvieron a encenderse y la escena descubrió una pequeña mesa con jarra de agua y vaso. Después, torpe, arrastrando los pies, encorvada la espalda, movimientos lentos y temblorosos –montón de cuartillas en la mano– mi viejo profesor de la niñez pronunció la más conmovedora, apologética, florida y hermosa lección magistral sobre nuestro idioma.
Desde la ironía, el análisis puro, la convicción íntima y profunda de defender el español entre frases como “crecimiento negativo”, persona sin personalidad (para definir amorfo) como si pudiéramos decir mesa sin mesalidad o sartén sin sartenidad. Tristeza taciturna del personaje. Disparos de palabras. Frases absurdas. Alteraciones del lenguaje salvo en la ordenación del alfabeto. Tiendas de frases para hacerse millonario con las historias físicas y psíquicas de los vocablos.
Recordemos que nuestro idioma rebasa las 80.000 palabras. Sólo falta conocer el mayor número para entendernos mejor. Pero tienen que ser los ciudadanos. Sin hablantes no hay lengua que valga… Defendiéndola de frívolos pedantes que, en vez de contar los asistentes a una manifestación, los “contabilizan” y si interviene la policía, en vez de disolver la manifestación, disuelven a los manifestantes. Son, también, quienes aseguran que el rey “detenta” la jefatura de las Fuerzas Armadas. Entre bravos, hurras y aplausos Juan Diego dio las gracias.

La lengua madre