La soberbia de Renzi

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Escribe Massimo Franco en Corriere una frase lapidaria, pero tremendamente cierta, “il rottamotore” que traducido sería algo así como “el desguazador ha sido golpeado por aquel que pensaba era su pueblo”. Identificar un gobierno, el propio, con el sentir y el reflejo de un pueblo es la vanidad del populismo. Renzi. en cierto. modo es un populista, no comparable con otros, pero ha jugado sobre un alambre demasiado fino. Y no ha sabido hacer más malabares de los que nos ha acostumbrado estos dos últimos años. Italia no se suicida a sí misma. Piensa de nuevo, vota un referéndum donde la pedagogía ha sido volatilizada hasta la irrelevancia y donde la afrenta abierta, cual órdago personalista de Renzi, se cobra su propia cabeza política. No ha sabido explicar el porqué de esta profunda reforma constitucional, ni ha tejido las alianzas para dar carpetazo a la vieja política italiana. Enrevesaday como ninguna: 63 gobiernos en 70 años de democracia. El pueblo italiano hace mucho que se ha reído de sus políticos, es su antídoto frente a un realismo languideciente.
Renzi paga la soberbia y una tremenda ambición, de la que nunca ha tratado de escapar, tampoco esconder, y una errática campaña en la que, cegado por la vanidad, se atribuyó sobre sus propias espaldas con el devaneo populista de vincular su resultado a su continuidad. E Italia, que nunca refrendó en urnas a Renzi, pero sí a Letta, tras apartar el tecnocracismo de Monti, ha dicho no a la reforma pero a la vez no al toscano Renzi. Hasta cierto punto aquella vieja máxima de que el que a hierro mata a hierro muere, se cumple de nuevo. Ni el apocalipsis económico ni la debilidad de una Europa incapaz de encontrarse a sí misma vendrían tras la derrota del referendo, al contrario. Europa aún respira con respiradores automáticos, y la insulina de la no victoria de la ultraderecha en Austria le permite tomar impulso.
Renzi tiene que dar un paso atrás. Algunas voces hablan del regreso de Prodi, pero el presidente de la República tiene por delante un reto que no ahogue aún más la casi nula credibilidad de los políticos italianos. Las reformas de Renzi no pueden abocar a un inmediato escenario electoral, hay que legislar, y mientras el país entra en un impasse. Italia tiene que legislar una nueva norma electoral, sobre todo que evite el colapso de los últimos años. Caída toda reforma constitucional cabe una pregunta: ¿hasta qué punto las viejas políticas y las antiguas formas partidistas no han derrotado el ímpetu de Renzi? Tratar de ahogar la vitalidad bloqueadora del Senado, apartar el sitial a casi dos centenares de senadores reduciendo la cámara y amputando su poder de bloqueo, cambiar la burocracia y reducir ayuntamientos y departamentos regionales ha terminado por arrojar al foso de la arena de los derrotados al toscano.
Italia no se suicida. No nos equivoquemos. Dice no a un político y a un gobierno que cometió el error de un exceso de confianza y creerse que tenía a su lado a todo un pueblo cada vez más disconforme y harto de un sistema rígido y regido por los pretéritos esquemas. Renzi conoce en carne propia la fuerza de los populismos y el hartazgo de mucha gente como antes ha pasado en el Reino Unido, en Colombia y en las elecciones norteamericanas. Le Pen aspira a que en Francia suceda lo mismo. Y mientras tanto la banca italiana contiene la respiración ante su situación azarosa, turbia en el caso de Monte dei Paschi e incierta cuando menos. Pero los italianos son supervivientes de la finta política y del dramatismo artificial. Es una forma de ser.

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