El perro del hortelano

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Ciclo principal en el Rosalía. Dos representaciones con llenos desbordantes servidos por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. El monstruo de la naturaleza, el que bajaba en veinticuatro horas las musas al tablado, Lope de Vega, compareció con su comedia “El perro del hortelano”. ¿Palatina, simplemente urbana? Lo que vale es la construcción de personajes y la belleza de sus parlamentos. Aprovechamiento meticuloso de los espacios temporales y de la versificación. Gravedad, burlonería, fantasía que alcanza los rincones más íntimos de los sentimientos de esa Diana que nos conmueve desde la cárcel dorada donde está atrapada.
La perenne actualidad caracterizada esta obra. Vital y sentida por el pueblo español de entonces y de hoy. Fenómeno de la escena dramática universal arrancada al siglo XVII y que asume intemporalidad eterna. Comedias donde el amor vence siempre. Salta obstáculos, sobrepasa normas, invalida reglas. Y el protagonismo no recae en el hombre ni en la mujer sino en la pareja. Huida hacia la soñada primavera. Tras el paraíso perdido. Un mundo donde todo acaba bien porque tal es la voluntad del autor, se asienta en la poesía y se consolida como mito.
Esta catarata dramática se hace presente –explosiva, feliz, reflexiva, profunda, inquieta y diáfana– en la exquisita y armónica dirección de esa alquimista que encarna Helena Pimienta. Gracias a una escenografía ingeniosa donde la habilidad cede paso a proyecciones, música, ilumación y tramoya. Tampoco podemos olvidar el ritmo cuidadoso del verso, la singular dicción de los cómicos y la aneja coreografía. Aristócratas y burgueses. Enfado noble que se hace urbano. Nápoles buscando la identidad de unos roles que los personajes se niegan a admitir. Aplausos. Parabienes. Olés. Talento colectivo de quince actrices y actores que desfilan ante nuestros ojos y nos introducen en la maravillosa vida teatral: telones, decorados, bambalinas y proyectores.

El perro del hortelano