REIKIAVIK, CAMPEONATO MUNDIAL

|

En el Rosalía, ciclo principal, aforos completos, brindó sendas actuaciones el elenco integrado por La loca de la casa y Entrecajas sirviendo una inteligente, hábil e inspirada obra de Juan Mayorga, en funciones de lacónico director. Escenografía sencilla. Banco de parque con mesa y tablero de ajedrez. Detrás de los contendientes gran pantalla donde se proyectan secuencias de la historia narrada. “Reikiavik” constituye un desafío cultural, científico y matemático. Una partida de ajedrez que invita al público a participar en el debate planteado y consecuentes perspectivas. Aeropuerto de Moscú. Cien niños saludando puño alzado. Stalin. El Soviet Supremo. Henry Kissinger. Comunismo y capitalismo como sistemas personales de conducta…
Otros personajes ilustran el drama entre los protagonistas, Walterloo –el americano Bobby Fischer, espléndidamente encarnado por el actor César Sarachu– y Bailén –su contrincante ruso Boris Spasski, bien interpretado por Daniel Albaladejo–. Aparece un observador, quizá destinado a tomar el relevo un día, muchacho cuyo papel asume sugestivamente la actriz Elena Rayos. Masa coral de criaturas humanas y sus hechos que nos arrastran en sus turbulencias. La guerra fría. Muros que separan. Existencias, añoranza. Hombres que se introducen en pieles ajenas.
Buen ritmo teatral. Cooperantes imprescindibles para la ficha técnica: iluminación, escenografía, vestuario, espacio sonoro, imagen y fotografía. Encima de la mesa improvisada el campeonato del mundo de ajedrez. Tablero filosófico donde combaten piezas misteriosas que acentúan sus enigmas conforme nos aproximamos a ellas. Más menos la sibila dotada de espíritu profético. Mejor el dicho socrático: “Nos ordena conocer el alma aquel que nos advierte ‘conócete a ti mismo’”. Un cómico de la lengua está en los caminos y cumple con creces pasar de las musas al teatro en veinticuatro horas.

REIKIAVIK, CAMPEONATO MUNDIAL