EL AMOR Y LA VANIDAD

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Se marchó Antonio Mingote. El rocío de la mañana. La advertencia piadosa que golpeaba dulcemente nuestro corazón y pedía paso. La viñeta satírica. En él confluían los tres azares demandados por Gregorio Marañón para reconocer el genio: excelsitud de alma, ambiente propicio para desarrollar buena cosecha y, todavía más, que ese alma y ese clima se encuentren en el momento exacto donde una y otro puedan fecundarse.

Parece tamaña testarudez, cuando tanto se ha glosado estos días su figura, que irrumpa con mi columna a echar mi cuarto a espadas. Sobran tópicos, comentarios, visiones sobre un maestro que lo mismo sintetizaba un editorial profundo que saltaba alegre al encuentro didáctico con humor. Me quedo en la síntesis de una frase suya que encierra todo un tratado filosófico: “Sólo hay una cosa por la que vale la pena vivir: el amor. Lo demás es vanidad”.

Había mucho surrealismo de Dalí en los dibujos de Mingote al penetrar en nuestros lances oníricos

 

En su comparecencia diaria aportaba siempre esperanzas que aligeraban nuestras vicisitudes. Era la belleza hecha traje hermoso y humano. Compromiso de lucidez, equilibrio y pasión. Olas seductoras de un océano que alcanzaban la orilla conmovida del sentimiento.

Había mucho surrealismo de Salvador Dalí en los dibujos de Antonio Mingote al penetrar en nuestros lances oníricos. Con originalidad propia. Como muestra la imagen de 1955 donde un pintor con atuendo de divo a lo Gary Cooper se dibuja a sí mismo con técnica irrepetible.

También –dueño eterno de su destino indomable– ha sabido conservar nuestra memoria histórica en sus aciertos, desplantes, torpezas y sinsabores. Lejos del BOE que, aparte su artificio de cartón piedra, únicamente ha servido para abrir heridas y despertar los viejos odios de una España que por estulticia de muchos irresponsables se nos ha ido de las manos…

EL AMOR Y LA VANIDAD