ACABADOS

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La escasa clientela del restaurante animaba a los tres hombres a hablar sin el comedimiento de quien quiere evitar molestar a la mesa de al lado. Aunque parecían del tipo al que no le importa demasiado elevar el tono en cualquier circunstancia.

Estaban en esa edad indeterminada en la que se instalan algunos pasada la treintena, barriga incipiente sobre el cinturón del traje, ojeras delatoras de años de madrugones, aire de creerse de vuelta de todo. No podría asegurar que llegasen a los cuarenta. Y estaban acabados.

Se burlaban de esa gente que, describían con desprecio, se pone a aprender cosas de mayor. A quién se le ocurre ir a clases de pádel después de los treinta. O de esquí. ¿Y los que se meten en la Universidad con más de veinticinco? Unos ridículos. Hay una edad para cada cosa, argumentaban con autoridad. Está claro que al que lleva con un palo de golf desde pequeño se le nota en el swing. Al resto debería darle vergüenza salir al campo.

Ni deportes, ni idiomas, ni, en resumen, cualquier nuevo conocimiento acabada la época universitaria. Ese era el discurso. Tu fecha de nacimiento marca tus limitaciones. No te molestes en intentar algo que será un fracaso seguro. No des a otros la oportunidad de reírse de ti. No te pongas en evidencia, creo recordar como la última frase que escuché antes de concentrarme en que la réplica a su sarta de sandeces que se me estaba atravesando en la garganta no lograse salir.

No pude evitar mirar un par de veces más hacia ellos, ya sin escuchar lo que decían. Los imaginé en una oficina, sin más aspiración que disimular su mediocridad. Muertos de espíritu. Que solo pueden ofrecer desaliento y cobardía. Hilvané una historia de críos sin autoestima transformados en adultos que se escudan en la crítica, menos arriesgada que la iniciativa.

Tipos que nunca tendrán una idea ni creerán en un proyecto. Cómodos en su vida fácil, sin ninguna expectativa. Reyes del mundo a la hora de comer, cuando sueltan veneno al mismo ritmo al que apuran las copas. Por favor, que no dependa de ellos el futuro del país. Y que nunca tengan hijos a quienes educar en el derrotismo, deseé con todas mis fuerzas mientras los veía salir del local.

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