¡Ay, Esperancita de mis pecados!

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Por si ustedes no lo sabían, he de comunicarles que la fuga de Esperancita Aguirre tras ser multada por un policía dio la vuelta a Europa por los más importantes medios de comunicación del viejo continente. Algún periodista español tomó el suceso a chacota: “Cierto que paró unos minutos para sacar dinero de un cajero, pero –dijo el periodista– si la dejan sola una hora se empotra en una joyería”.
La aristocrática señora estaba siendo multada por un agente en el centro de Madrid tras estacionar en el carril bus. La condesa pepera apretó el acelerador y arrolló la motocicleta de uno de los funcionarios que se tiró al suelo para esquivar el Toyota que conducía la expresidenta regional por Gran Vía. A continuación de la “desfeita esperandera” la señora Aguirre se marchó a su domicilio en el barrio de Malasaña y aparcó el coche en el garaje de su palacete. Eran las 16.30 horas. Una patrulla de la Policía Municipal y los propios agentes de movilidad la siguieron hasta su casa y trataron sin éxito de darle en mano la denuncia. La presidenta se negó a bajar y, dicen los municipales, comenzó a mover Roma con Santiago para intentar callar el asunto.
Pero los agentes eran gente honrada y denunciaron a la condesa por desobediencia a la autoridad y daños. Esto podría suponer dos años de prisión. Además, un agente tenía un hematoma en una pierna y un ataque de ansiedad. La condesa puso el grito en el cielo: “No arrollé a nadie. Paré sólo un minuto. Fueron prepotentes y machistas”. Los agentes arguyen que la condesita hizo gestos airados y de soberbia. Realmente hablando, al pobre Rajoy le cae encima cada chufla que tiembla el ministerio.
La singular condesa habría estado más guapa callada. Medio “mundo mundial” no tendría que hacerse cruces y los humildes españolitos de a pie no tendrían que mascullar frases como la que sigue: “¡Vaya cara: esa le vende neveras a los esquimales!”.

¡Ay, Esperancita de mis pecados!