Una caña, por favor

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Los que tenemos un negocio abierto, llevamos un año haciendo malabares para sostenerlo. 

Primero fue un confinamiento forzoso y absoluto el que nos obligó a agazaparnos en nuestros hogares, mientras veíamos cómo el mundo se paralizaba y cómo nuestros medios de vida se morían por causas que poco tenían que ver con nuestro buen o mal hacer. Impotentes, hacíamos cuentas para llegar a un fin de mes en el que los gastos corrían y los ingresos eran inexistentes.

Solos y desesperados, acompañados únicamente por nuestros cerebros traidores, unos días veíamos las cosas de forma positiva y otros-mientras observábamos cómo muchos de nuestros compañeros echaban el cierre-, nos veníamos abajo en la soledad más profunda que he conocido jamás… Y, aunque todos se agradecen,ningún apoyo es suficiente cuando toda la responsabilidad y la toma de decisiones recae exclusivamente sobre la espalda de uno.

Después del infierno, nos dejaron volver a abrir con restricciones y, muchos, pensaron que todo el campo era orégano hasta que, hace aproximadamente cuatro semanas y en base a los malos datos de la pandemia, el gobierno tomó la decisión de cerrar la alegría-es decir, los bares-, en una sociedad tocada del ala en muchos aspectos. 

Hoy, esos locales cerrados a cal y canto durante casi un mes a sumar al confinamiento nacional y a todas las restricciones que los han sacudido; abren sus puertas de nuevo. Y lo vuelven a hacer cargados de ilusión, a pesar de las penurias que han pasado. Hoy, un montón de héroes anónimos se afanan en limpiar todos sus rincones y en tratar de respetar unas normas que son vitales para que no vuelvan a clausurarlos. Y ahí es donde entramos nosotros, los clientes. Tenemos la obligación sanitaria y moral de ser responsables y de extremar las precauciones. No hacerlo o bajar la guardia, hará que volvamos a las andadas… Y, aunque solo los hayan cerrado a ellos, el resto de los que vivimos de negocios cara al público y, especialmente del sector de los eventos, encogemos nuestros corazones cuando ellos desaparecen, porque se esfuma una buena parte del pulso de las ciudades.

Así que ya lo saben. Los lugares de ocio y reunión, además de dar trabajo a mucha gente y por ende riqueza, colaboran a que la gente se ilusiones, tenga un plan o desee salir. Y en esas salidas vuelve una vida que, a pesar de tener que ser por ahora restrictiva, es una bocanada de aire fresco en una sociedad enferma.

Vayamos a los bares a celebrar con precaución y, a poder ser en sus terrazas, que la vida sigue. Que, a pesar de que hoy todo esté gris, antes ya estuvo negro y mañana puede estar blanco si hacemos las cosas bien de forma individual para aportar nuestro grano de arena a la colectividad.

Arropemos a esos bares malheridos y consumamos con distancia, higiene y moderación. Procuremos no volver a las andadas y soñemos con ese gran avance de una ciencia que precisa mucho más dinero; llamado vacuna…, que es lo único que realmente nos salvará de la quema y que, poco a poco, nos devolverá la esperanza y las ganas de volver a empezar mejor; como suele suceder cuando uno aprende una gran lección. No echemos en saco roto lo vivido para no volver a vivirlo más. Que cada cual saque su aprendizaje de esta pesadilla y ponga las bases necesarias para no volver atrás hoy y para que mañana no tengamos que atravesar por esta travesía del desierto que conocemos tan bien de primera mano el sector de los eventos, el sector turístico y unos hosteleros con los que todos deberíamos brindar por su valor e intacta ilusión por volver a empezar, maltrechos, una y otra vez.

Una caña, por favor