La ambición del presidente

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Diga lo que diga el ministro Ábalos, Pedro Sánchez quiere quedarse en La Moncloa hasta agotar la legislatura. Que tal intención contradiga el compromiso contraído en el debate de la moción de censura que le llevó a descabalgar a Rajoy para convocar elecciones “cuanto antes”, no le quita el sueño. Tampoco que se vea obligado a seguir sin Presupuestos pese a que las hemerotecas guardan testimonios suyos en sentido contrario. Más aún, cuando vivía en la soledad de Ferraz rumiando la segunda de sus derrotas en las urnas opinaba que si un presidente del Gobierno (por Rajoy) no conseguía aprobar los Presupuestos, lo suyo era someterse a una cuestión de confianza. Se lo han recordado algunos de los periodistas en la cumbre iberoamericana. Su respuesta es toda una declaración de intenciones: “No vamos a marear a los españoles”. Le faltó añadir y “punto”. Esa coda castiza que suele describir a quienes caminan sobrados por la vida. Pero es lo que hay y ¡ojo¡ a deducir de las encuestas, va camino de durar.
Entre otras razones porque está aprovechando los liderazgos de quienes aspiran a sucederle en La Moncloa. Es una baza importante. La otra, que todavía lo es más, es que tiene a su disposición el BOE. La vía por la que circulan los decretos-ley. Que forman parte de las previsión constitucional, pero que deberían ser los menos y solo para casos de extrema necesidad. Que no es el caso. Porque los Presupuestos son el test para contar los apoyos con los que cuenta el Gobierno. Si, llegado el caso, Sánchez no consiguiera sacar adelante las cuentas, lo razonable sería proponer una cuestión de confianza. O convocar elecciones. Lo hizo Felipe González cuando en 1995 perdió el apoyo de los catalanes. Pujol ya había exprimido el limón socialista y oteaba el futuro rumiando lo que podría sacar de más cambiando de socio parlamentario y apostando por el PP. Felipe convocó las elecciones. Y las perdió. Sánchez debe pensar que eran cosas del siglo pasado. Él lo tiene claro, no piensa marear al personal. Para qué. En La Moncloa se está la mar de bien.

La ambición del presidente