Las pulsiones poéticas de Javier Sanz

|

Aunque Javier Sanz (A Coruña, 1968) titula su exposición en Arte Imagen como “Pulsiones de hierro”, en referencia a sus esculturas en las que da protagonismo a este metal, hay en la muestra una ambivalencia entre lo que expresa lucha, energía, tensión y lo que es delicado, frágil y hermoso. De esta antítesis, que él percibe con efectividad, tanto con la cámara con la que enfoca sus fotos como en los montajes escultóricos, es de la que nace toda la expresividad que sustenta su obra.
El tiempo, el espacio, la memoria, el olvido, el prodigio que alumbra la infinita variedad de formas y la muerte que las destruye, son algunas de sus temáticas, ya presentes en su anterior muestra de 2014: “Encuentros fortuitos”, pero llevadas ahora a una mayor depuración. Dotado de un inagotable interés por todo tipo de conocimiento: filosofía, poesía, pensamiento zen, física cuántica..., no solo busca hacer arte, aunque sobre todo, sino reflexionar sobre la vida, el universo y la condición humana.
Esto en su fotografía lo hace con el espacio, con la luz, con el color, con el contrapicado, con los contrastes, recogiendo instantes irrepetibles de amaneceres sobre el delta del Ebro, de rocas encendidas por la luz en montañas de Australia, de lavas rugientes, de pétalos de magnolia y hojas otoñales, de aves a contraluz sobre marismas o de troncos de árboles que perforan las alturas; es constante la presencia de las fuerzas naturales, de su poderío, de su infinita variedad de formas, pero todo ello sometido a una selección que prescinde de lo superfluo para buscar lo esencial, las reglas que rigen la armonía compositiva y el impacto visual de un objeto.
Persigue lo invisible, la inmensidad, el misterio, la soledad, el espacio íntimo; ese es su modo de hacerse preguntas trascendentes y de indagar en los enigmas del universo. Así acude a Heisenberg, a Oppenheimer o a otros cientificos en busca de respuestas, explora el azar, el deslumbramiento de una metáfora o el encuentro de lo dispar; esto es visible en las piezas escultóricas donde hace que puntiagudas agujas que son como dardos perforen una máscara de esgrima, rodeen atrapándola en una caja a una cabecita de niña, atraviesen un rostro, salgan de una construcción que es émula del Partenón o emerjan de antiguos libros a modo de puyas incisivas o “Púas literarias”.
Una memoria piadosa le hace escribir “Cartas al olvido” en la foto una vieja máquina mecanográfica de la que salen misivas trituradas o bien cierra el grifo de la desmemoria “al disparar la cámara”. Para dejar sentado que solo somos intérpretes de una realidad que se nos escapa y muta imparable, nos sitúa frente a una pizarra negra, en la que campea la fórmula del Principio de incertidumbre de Heisenberg cubierto de dados y, a su lado, en un políptico de nueve escalas crecientes, coloca el Adán de la Capilla Sixtina esquinado y solo sobre una opaca y terrosa espesura.

Las pulsiones poéticas de Javier Sanz