El juicio

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Esta semana empieza el juicio que tratará de esclarecer si los 900.000 euros que costaron las obras de la sede del PP se pagaron con cargo a la Caja B. A casi todo el mundo le importa poco el asunto de las obras porque de lo que se trata es de saber si el PP tenía una caja B; desde cuándo; si lo sabían sus presidentes; si hubo sobresueldos en negro; y si el PP es, por todo eso, un partido esencialmente corrupto. Aunque todos excluyen a Casado y a su equipo, este juicio también va a tener influencia en las elecciones catalanas y todos sus rivales lo quieren aprovechar.


Aunque muchos son los citados el principal acusado es Luis Bárcenas que ha amenazado, una vez más, con desvelar, la trama de esa Caja B. Bárcenas, extesorero del partido, es un delincuente condenado ya a 29 años. Él fue el responsable de esa, supuesta, contabilidad B; el que, desde hace seis o siete años, ha amenazado a Rajoy y a otros dirigentes del PP con “tirar de la manta y contarlo todo”; quien asegura haber pactado recientemente acuerdos con “dos miembros de la Junta Directiva del PP”.


En todo caso, si tiene datos y puede demostrarlo, ojalá tire de de la manta y los jueces tengan argumentos para una sentencia justa. Y que paguen todos los que tengan que pagar. Pero este juicio debería servir también para elevar un poco más el listón de las responsabilidades de los partidos. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y no podrían hacerlo ni el PSOE, ni Podemos, ni los herederos de Convergencia, ni tantos otros. Este juicio debería ser el punto de partida para acabar con un sistema que ha permitido la corrupción de los partidos, la condonación, sin explicación, por parte de la Banca, de deudas millonarias y la falta de transparencia en el uso de las millonarias subvenciones que el Estado pone en sus manos.


A los partidos, a todos sin excepción, hay que exigirles transparencia ay control interno en las donaciones de empresas y particulares. Algo se mejoró legislativamente en los últimos años del PP, pero sigue siendo insuficiente. La actual configuración interna de estas organizaciones, gobernadas desde un poder casi absoluto y escasamente democráticas en casi todo, lo impide. Y como el control externo, incluido el del Tribunal de Cuentas, es insuficiente, es fácil saltarse a la torera lo que exige la ética y la ley. Algo que este juicio debería ayudar a cambiar.

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