El Kiosco Alfonso ofrece un Prado en miniatura a través de 60 obras

QUINTANA. EXPOSICIÓN EN EL KIOSKO ALFONSO
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Se abre el telón y aparecen 350 años de historia del arte limitados sobre lienzos que firman Murillo, Rubens o Ribera. Son 60 piezas que responden al título de “Los objetos hablan” y lejos de estar colocados siguiendo un orden cronológico, son los elementos que salen a pacer en el cuadro los que provocan una u otra ubicación en la sala. 
El Kiosco Alfonso se convierte hasta el 29 de mayo en un Prado en miniatura gracias a un convenio que la pinacoteca firmó con la obra social de La Caixa y que permite ponerle patas desde 2009  a obras maestras que no habían salido de Madrid en toda su vida. Otras dormían en el almacén y algunas estaban depositadas en exposiciones. 
De esta forma y siguiendo un guión en el que las cosas no están por estar, el museo abre su discurso en 1559 con la medalla de Felipe II, de Giampaolo Poggini, y termina con “Mujer en la playa”, de Cecilio Pla, en 1910, cuando la alta sociedad comenzó a caminar sobre la orilla. Entre medias, el relato se detiene en las indumentarias, las joyas y las herramientas de trabajo. 
Las armas pasan por ser trampantojos en la puesta en escena de Vicente Victoria y el espectador se deja llevar por un “charlatán”, que además es “sacamuelas”. Lo pinta Theodor Rombouts en 1620 y en él se puede ver cómo del supuesto dentista cuelgan del cuello todos sus trofeos arrancados: “Los que ven el cuadro suelen cerrar la boca”, señala el comisario Fernando Pérez, que asegura que “los objetos nos retratan”. 
Y es que un segundo eje temático, hace protagonistas a las mujeres, que pasean sus complementos y joyas. Se ponen sus mejores galas y sacan de paseo a sus paraguas y abanicos. En concreto, el experto se detiene ante dos de ellas. Las separan 300 años y dos intenciones completamente diferentes. 
En “La dama del abanico”, de Alonso Sánchez (1570-73), la dama está hierática y transmite poder con su ventilador personal ya que de aquellas estaba considerado un bien de lujo, de los primeros que desembarcaron de Oriente. Sin embargo, a su izquierda, en “La Tirana”, de José Casado (1875), la sensualidad se palpa en la mantilla y una especie de chaquetilla torera que viste la retratada. 
En los hombres, los detalles también cuentan como el hábito de la cruz de Santiago que porta un destacado militar “Julián Romero y su santo patrono”, inmortalizada por un seguidor de El Greco, o todas las medallas que le endosa Goya a “El cardenal don Luis María de Borbón y Vallabriga”, que para el especialista es uno de los más importantes porque del anonimato en el que el infante pasó su niñez por no ser hijo de madre noble, Goya vivió en la corte su transformación una vez que recuperó el apellido de Borbón. 
El mundo infantil también se abre paso. Aquí, aparecen los archiduques Fernando y María Ana de Austria, gracias al pincel de Antón Rafael, que le coloca un sonajero a la pequeña y el toisón de oro al heredero. Siguiendo el pasillo, el mini Prado avanza entre bodegones. Los españoles se presentan en equilibrio y bajo fondos neutros y oscuros. 
Cuenta el comisario que los flamencos “tienen más elementos, más agitación”. En un tercer apartado, la muestra reflexiona sobre los mensajes escondidos. En amuletos, que los personajes de los cuadros agarran para librarse del mal de ojo o en flores, que representan la vanidad y el paso del tiempo. 
En todo caso, Fernando Pérez explica que el coleccionismo aparece reflejado en la muestra como el interés que la especie humana siempre tuvo por reunir cosas: “Algo así como mi tesoro” y el deseo de ostentación: “¿Por qué hay obras en los museos?, ¿qué valor tienen los objetos?”. 

conjunto
Por este tipo de reflexiones, el que le puso un orden a los objetos invita a que los coruñeses pongan un pie en el Kiosco Alfonso. De los 60 ejemplos, 52 son cuadros y ocho piezas decorativas, que salen del lienzo para completar la idea de que los objetos hablan. De esta forma, se puede ver una “Armadura blanca”, del siglo XVI o una “Escribanía de plata”, de la Real Fábrica de Platería Martínez, de 1847. 
La simbología está patente en la selección de manera que si la “Inmaculada” de Murillo va siempre unida al creciente lunar, a pocos metros, “Diana en un paisaje”, de Louis-Michel Van Loo (1739), se acompaña también de una luna: “Nunca me imaginaría a Diana con una pulsera de perlas”. Son dos retratos que nada tienen que ver en un rincón, donde Hércules se distingue por la piel de león y la maza: “Pensamos que era representativo que estuviera en A Coruña”. 
El dios está matando al dragón del jardín de las Hespérides y es obra de Pedro Pablo Rubéns y taller (1635-1640). Al otro lado, el “Felipe II”, de Sofonisba Anguissola, descansa al lado de “Agustín Profit, el Calabrés”, sin autoría conocida. No suelta el toisón de oro, mientras que su compañero de viaje porta una joya menor. Son matices que el ojo va descubriendo sobre la marcha. Elementos que tienen una función más allá de. Para situar al curioso en otra época que aunque distante, comparte el mismo placer por las cosas que entonces.

El Kiosco Alfonso ofrece un Prado en miniatura a través de 60 obras