La escena del crimen de Betanzos se limpió “profusamente” para eliminar las pruebas

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  a. barbadillo > a coruña

 Aunque la Policía Científica examinó minuciosamente, “azulejo por azulejo”, el piso de la calle de Rosalía de Castro de Betanzos donde el 5 de septiembre de 2008 murieron asesinados José Manuel Gómez, Pachá, y su novia Claudia Castelo, únicamente pudo hallar restos de sangre de la pareja fallecida, sus residentes. El domicilio había sido limpiado “profusamente”, según informó ayer un miembro de este cuerpo policial ante el tribunal de la Audiencia Provincial que enjuicia el doble crimen.
Todos los efectos que pudieran contener restos de ADN habían sido retirados de la escena y lo único que se descubrió fue la sangre en las juntas de las baldosas y numerosas salpicaduras en varias estancias. “Era evidente que se había limpiado (...) pero el hedor de la sangre que quedaba en las juntas de las baldosas empezaba a hacerse ostensible”, recordó el investigador, que se refirió también a la fregona y los productos de limpieza que también se encontraron en la vivienda.
Por la sala de vistas de la sección segunda de la Audiencia pasaron ayer más de una docena de los miembros de la Policía Científica y Judicial que tomaron parte en el esclarecimiento del suceso. Varios de ellos participaron en la inspección del lugar donde, tres días después del crimen, fueron encontrados los cadáveres, descuartizados, un descampado en la parroquia de Mandiá, Ferrol, próxima a la carretera de Covas.
Como informaron, junto a los miembros seccionados de las víctimas aparecieron las armas empleadas en el descuartizamiento –una macheta y tres cuchillos–, restos de comestibles, un bolso de la fallecida, colillas y varios pares de guantes, efectos que habían sido trasladados desde el piso de las víctimas en bolsas y maletas.
En ellos sí se detectaron restos biológicos de ambos procesados, como clarificaron los investigadores. En concreto, el inspector jefe del laboratorio de ADN de Galicia aludió a la aparición de perfil genético de Manuel Prado Riveiro, autor confeso de las muertes, en una colilla, el asa de la maleta donde se transportaron algunos miembros, un envase de bebida y las cuatro armas, en las que también había sangre de las víctimas. También se aisló su perfil en algunos de los guantes y se recogió una huella suya impresa en el bidón donde reposaban parte de los restos humanos.

Implicada > Más interés suscitan, sin embargo, los vestigios que se refieren a la por entonces pareja del acusado, Adriana Amenedo, que como él se enfrenta a imputaciones por dos asesinatos, robo y profanación de cadáveres que pueden suponerles penas de 47 y 55 años. En la detallada declaración que Prado Riveiro prestó en la primera sesión del juicio la implicaba en la planificación y la comisión de los dos homicidios, –no en los descuartizamiento–,  una versión que la defensa de la joven, el letrado José Ramón Sierra, rechaza.
El examen biológico de los efectos allí recogidos reveló la presencia de ADN de la acusada en una colilla, una botella de yogurt líquido y, también, en el interior de varios guantes de distinto material que se encontraron en las bolsas y el bidón que contenían los cadáveres. Como destacó el responsable del laboratorio policial de ADN, uno de los que, según las pruebas, Amenedo había llevado puesto tenía restos de sangre de Claudia Castelo, algo similar a lo que ocurre con otro guante que apareció en la furgoneta propiedad Pachá en la que viajaban los acusados cuando fueron interceptados en Ribadeo: en aquella otra prenda de lana había sangre del fallecido y, en su interior, escamas epiteliales de la procesada.
Con estos indicios, que podrían apuntar a que Amenedo estuvo en contacto con los cuerpos de las víctimas, su representante legal quiso saber si el perfil biológico de la joven pudo hallarse en la escena del crimen o en alguna de las armas que fueron recuperadas. La respuesta a ambas preguntas fue negativa.

Cuchillo > Sobre las armas se habló también en la sesión celebrada ayer; en concreto, del cuchillo con el que fueron atacados Claudia Castelo y José Manuel Gómez, y que, como el martillo empleado en sus muertes, jamás fue recuperado. Meses después de su detención, Adriana Amenedo confesó a la jueza instructora que conocía su paradero y se ofreció a llevar a la Guardia Civil hasta el lugar, como prueba de que nada había tenido que ver con su uso.
Según la versión que ofreció el martes Prado Riveiro, era ella quien había empuñado el arma, tanto en el asesinato de Pachá –que fue el primero en morir, a mediodía del 5 de septiembre–, como en el ataque a su pareja sentimental, cuando esta regresó a su casa aquella medianoche después del trabajo.
Varios de los agentes de la Guardia Civil comisionados a la diligencia de búsqueda confirmaron ayer al tribunal de la sección segunda que, en efecto, la acusada les mostró la zona donde supuestamente su pareja había escondido el cuchillo, un monte de Cabañas. “Pero la zona era demasiado frondosa para poder buscar”, reconoció una de las participantes, que señaló que los medios con que contaban les impidieron recuperarlo.


 

La escena del crimen de Betanzos se limpió “profusamente” para eliminar las pruebas