Reportaje | Un año de restauración para los raíles que recorren el cielo

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Hace cerca de 60 años que los viajeros que suben o bajan de los trenes de la estación de San Cristóbal lo hacen siempre a pie seco gracias a la estructura ideada en 1935 por el arquitecto Antonio Gascué Echeverría: una estructura metálica de grandes luces que permiten que penetre la claridad del día, con once arcos escarzanos sostenidos por dos soportes de fundición roblonados cada uno, como raíles que recorren el techo. 
La Guerra Civil retrasó la conclusión de la obra y su puesta en funcionamiento, pero en los cuarenta comenzaron a llegar los primeros trenes de la línea de Santiago, como siguen llegando a día de hoy. 
Pero aunque la lluvia le resbale a la estructura de hierro cubierta de uralita, el tiempo no lo hace y ha llegado el momento de restaurarla, objetivo al que Adif dedicará 1.220.496 euros. No solo se trata de mejorar las prestaciones de la cubierta y garantizar su conservación, sino preparar el camino para integrarlo cuando se construya la futura estación intermodal. La obra corre a cargo de Contratas Vilor, que tiene un año de plazo para finalizarla. Esta semana instalaron una gran grúa en el exterior y en el interior se levantan los andamios, así como las torres que contienen los elevadores que llevarán a los operarios hasta la cubierta. Los preparativos todavía tardarán casi dos semanas. 
Amianto y gaviotas 
Los trabajos tardarán un año porque, como señalan en Adif, no se trata solo de retirar la uralita, llena de parches (y que hay que trasladar con las debidas precauciones, dado que contiene amianto, que es un material cancerígeno) sino que la rehabilitación será integral. El primer paso es el desmantelamiento de la cubierta, así que, por primera vez en décadas, desde el interior de la terminal se verá el cielo. La vieja uralita ha soportado de todo estos años, incluido el ataque de gaviotas, que tienen la costumbre de arrojar desde lo alto la comida que encuentran demasiado dura. Una vez rota, los pájaros la devoran más fácilmente. El problema es que a veces el comestible proyectil perfora la cubierta: los operarios han encontrado incluso trozos de hueso de chuleta clavados en la uralita. 
La nueva cubierta, formada por un conjunto de paneles multicapa de acero con aislamiento térmico intermedio, alternando zonas opacas con otras traslúcidas, será mucho más fuerte, estéticamente mejor y sobre todo, cumplirá con las normas que prohíben el amianto en la construcción. 
Pero no se trata solo de cambiar la cubierta, sino que también hay que efectuar reparaciones en los arcos y columnas que la sostienen. Además, como les gusta señalar a los arquitectos, una estructura funciona como un ser vivo dilatándose y contrayéndose al ritmo de los cambios de temperatura. Incluso el impresionante hierro fundido de la arquitectura industrial propia de las grandes estaciones de tren de época se resiente poco a poco.
Así que toda la estructura se reformará, modernizará o reparará. Eso incluye sustituir las correas de la cubierta (elementos que forman parte de la armadura que sostiene la cubierta); retirar y reparar las partes afectadas por la corrosión; reformar, sustituir y reforzar otros elementos de la estructura, como cartelas, uniones, bulones y tornillos; y revisar, reforzar y proteger los empotramientos de los pilares en los cimientos. De hecho, ya se están haciendo catas para comprobar el estado del hierro en el subsuelo.
Amianto y gaviotas 
“Es una buen edificio, y merece que se realice una buena obra de restauración”, opinó Roberto Costas, presidente de la delegación coruñesa del Colegio del Arquitectos de Galicia (COAG). 
Para Costas, es un ejemplo de una arquitectura industrial que no se practica, en el que la ingeniería y la arquitectura se mezclan porque la estructura se deja al descubierto. “Hay arquitectos a los que eso no les gusta, que prefieren ocultar toda la estructura”, reconoce el delegado del COAG. 
Cabe preguntarse cómo quedará un edificio neorrománico de la década de los años treinta con la moderna estación intermodal que contará con grandes superficies acristaladas pero, para Costas, no hay motivo para alarmarse. “Hay muchos ejemplos parecidos que se han resuelto con una mezcla de delicadeza y talento”, asegura. Porque incluso el hierro fundido necesita un poco de cariño. l

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