El manual del abuelo perfecto lleva la firma de un notario coruñés

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La fabricación de un reloj de arena, la forma de orientarse en el campo, cómo funciona un molino o de qué manera se genera una tormenta... todas estas dudas tienen respuesta en “Las 1001 preguntas que todo abuelo debe saber responder”. Alfonso García, un notario y abuelo coruñés, se ha lanzado a la conquista del mercado literario infantil junto a la editorial de la compañía Imaginarium con varias premisas, pero todas ellas centradas en ofrecer a los más pequeños de la casa un aprendizaje que no se enseña en la educación reglada.

El estreno de Alfonso como autor infantil, a pesar de que el libro va más allá y tiene un destino conjunto para toda la familia, será a lo grande ya que esa pequeña obra “que no es ni un cuento ni un libro de texto exactamente” se publica en portugués, catalán, inglés, italiano, alemán y ruso, además de en castellano.

“La verdad es que me siento con mucha responsabilidad y para mí significa como si fuera el premio Nobel para Camilo José Cela o algo parecido. El día que abrí el envío con varios ejemplares me emocioné”, cuenta García desde su despacho de notario. El técnico dejará pronto menesteres como la firma de escrituras y las herencias para dedicarse por completo a la escritura, “una vocación” que lo acompañó “siempre”.

 

Cambio de estilo > El autor no es nuevo en el arte de la pluma porque ya ha publicado seis obras monográficas y colabora habitualmente con algunos medios de comunicación, pero para ir abriendo boca a una nueva línea literaria estrena ahora “Las 1001 preguntas que todo abuelo debe saber responder”.

Está convencido de que la obra funcionará en los países para los que existe traducción porque “inconscientemente” escogió un tema sobre el que escribir “que con independencia del lugar donde se viva, de la cultura, de la educación o del dinero interesan porque son cosas naturales”.

García será profeta en su tierra mañana, cuando presentará el volumen en la tienda de Imaginarium en el Centro Comercial Marineda City, si bien el éxito parece asegurado a juzgar por la opinión de los protagonistas del libro, que no son otros que sus propios nietos. “Algunos cuentos los he leído yo con ellos y se sienten muy identificados” porque han vivido en primera persona las explicaciones de su abuelo sobre las tormentas, los molinos o las mareas, entre otros aprendizajes “que no se explican en las escuelas”.

Alfonso es claro cuando se le pregunta qué objetivos persigue con este volumen, además de enseñar algo que no se aprende en las aulas. “Pretendo hacer de la lectura algo divertido, que es una tarea pendiente del sistema educativo español; también que los niños ejerciten la denostada memoria y, por último, fomentar la afectividad”, aclara.

Para él la lectura debe ser vista como “algo compartido dentro de la familia” y, por ello, incluye un prólogo en el que pide el compromiso de los cuidadores para introducir a los pequeños en ese mundillo. Para muestra, su propio ejemplo: junto a su mujer y sus nietos divide las obras por personajes y todos realizan su propio papel para convertir la actividad en un auténtico juego. En opinión del escritor, con cinco o diez minutos al día es suficiente porque esta práctica es “como una gota que todos los días va cumpliendo su misión”.

El notario reconvertido en escritor de cuentos ya prepara una nueva serie sobre el nacimiento de los animales pero de momento, y a la espera de ver el éxito que tendrá su actual obra en las tiendas Imaginarium de medio mundo, agradece a la compañía que haga primar los valores en los libros que publica. “Es una fábrica de ideas y no de juguetes”, sostiene. También agradece a la ilustradora Mónica Carretero su colaboración en el volumen porque los dibujos “multiplican el atractivo” para sus principales destinatarios: los niños.

Desde luego, se publiquen o no, los próximos cuentos están asegurados porque Alfonso tiene nuevas generaciones de nietos –el más joven tiene cinco meses– dispuestos a aprender las realidades de la vida y no hay pupitre ni libro de texto que las enseñe.

 

La fabricación de un reloj de arena, la forma de orientarse en el campo, cómo funciona un molino o de qué manera se genera una tormenta... todas estas dudas tienen respuesta en “Las 1001 preguntas que todo abuelo debe saber responder”. Alfonso García, un notario y abuelo coruñés, se ha lanzado a la conquista del mercado literario infantil junto a la editorial de la compañía Imaginarium con varias premisas,  pero todas ellas centradas en ofrecer a los más pequeños de la casa un aprendizaje que no se enseña en la educación reglada.
El estreno de Alfonso como autor infantil, a pesar de que el libro va más allá y tiene un destino conjunto para toda la familia, será a lo grande ya que esa pequeña obra “que no es ni un cuento ni un libro de texto exactamente” se publica en portugués, catalán, inglés, italiano, alemán y ruso, además de en castellano.
“La verdad es que me siento con mucha responsabilidad y para mí significa como si fuera el premio Nobel para Camilo José Cela o algo parecido. El día que abrí el envío con varios ejemplares me emocioné”, cuenta García desde su despacho de notario. El técnico dejará pronto menesteres como la firma de escrituras y las herencias para dedicarse por completo a la escritura, “una vocación” que lo acompañó “siempre”.

Cambio de estilo > El autor no es nuevo en el arte de la pluma porque ya ha publicado seis obras monográficas y colabora habitualmente con algunos medios de comunicación, pero para ir abriendo boca a una nueva línea literaria estrena ahora “Las 1001 preguntas que todo abuelo debe saber responder”.
Está convencido de que la obra funcionará en los países para los que existe traducción porque “inconscientemente” escogió un tema sobre el que escribir “que con independencia del lugar donde se viva, de la cultura, de la educación o del dinero interesan porque son cosas naturales”.
García será profeta en su tierra mañana, cuando presentará el volumen en la tienda de Imaginarium en el Centro Comercial Marineda City, si bien el éxito parece asegurado a juzgar por la opinión de los protagonistas del libro, que no son otros que sus propios nietos. “Algunos cuentos los he leído yo con ellos y se sienten muy identificados” porque han vivido en primera persona las explicaciones de su abuelo sobre las tormentas, los molinos o las mareas, entre otros aprendizajes “que no se explican en las escuelas”.
Alfonso es claro cuando se le pregunta qué objetivos persigue con este volumen, además de enseñar algo que no se aprende en las aulas. “Pretendo hacer de la lectura algo divertido, que es una tarea pendiente del sistema educativo español; también que los niños ejerciten la denostada memoria y, por último, fomentar la afectividad”, aclara.
Para él la lectura debe ser vista como “algo compartido dentro de la familia” y, por ello, incluye un prólogo en el que pide el compromiso de los cuidadores para introducir a los pequeños en ese mundillo. Para muestra, su propio ejemplo: junto a su mujer y sus nietos divide las obras por personajes y todos realizan su propio papel para convertir la actividad en un auténtico juego. En opinión del escritor, con cinco o diez minutos al día es suficiente porque esta práctica es “como una gota que todos los días va cumpliendo su misión”.
El notario reconvertido en escritor de cuentos ya prepara una nueva serie sobre el nacimiento de los animales pero de momento, y a la espera de ver el éxito que tendrá su actual obra en las tiendas Imaginarium de medio mundo, agradece a la compañía que haga primar los valores en los libros que publica. “Es una fábrica de ideas y no de juguetes”, sostiene. También agradece a la ilustradora Mónica Carretero su colaboración en el volumen porque los dibujos “multiplican el atractivo” para sus principales destinatarios: los niños.
Desde luego, se publiquen o no, los próximos cuentos están asegurados porque Alfonso tiene nuevas generaciones de nietos –el más joven tiene cinco meses– dispuestos a aprender las realidades de la vida y no hay pupitre ni libro de texto que las enseñe.

El manual del abuelo perfecto lleva la firma de un notario coruñés