La Audiencia cree al acusado del crimen de Betanzos y culpa también a su pareja

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a. barbadillo > a coruña
  Los adjetivos con los que la Audiencia Provincial describe la confesión del acusado del crimen de  Betanzos durante el juicio celebrado a principios de mes ya anticipan el sentido de su sentencia, que condena a Manuel Prado Riveiro y a su pareja, Adriana Amenedo, a 51 y 47 años de prisión por delitos de asesinato y robo. Se califica de “creíble y veraz”, “convincente y detallada” o “más que categórica” su versión de lo ocurrido en septiembre de 2008 en el piso de la calle de Rosalía de Castro donde residían las dos víctimas, y se entiende que conforma una “prueba suficiente e idónea para estimar enervada la presunción de inocencia”. La suya, pero también la de su compañera sentimental, a la que el tribunal de la sección segunda sitúa igualmente en la vivienda de los fallecidos, para “conjuntamente con el procesado, dar muerte voluntaria y materialmente a José Manuel (Gómez) y Claudia (Castelo)”.
Tal como reconoció Prado Riveiro en la vista, su amigo Pachá, apodo por el que era conocido Gómez, fue el primero en morir. Los dos acusados acudieron a su casa aquel mediodía, justo después de que su pareja, la otra fallecida, saliera para irse a trabajar y, aprovechando un momento en que se encontraba desprevenido, fumando heroína en la sala, lo acometieron ambos, usando un martillo y un cuchillo. A continuación, mientras Amenedo volvía a su casa para cuidar de su bebé, Prado Riveiro se quedaría registrando la vivienda, hasta encontrar el dinero de la nómina que acababan de cobrar, su hachís y las llaves de la furgoneta que habían planeado robarles.
Más tarde, y ya juntos, volverían al piso, no antes de comprobar que la otra víctima seguía trabajando en un bar próximo; la esperarían hasta pasada la medianoche, con la luz de la entrada desconectada y la de su habitación encendida, para así guiarla en esa dirección y poder atacarla por sorpresa, de un modo similar a su novio.
La sentencia indica que, al igual que ambos acusados cometieron el crimen, ambos “idearon” el modo de deshacerse de los cadáveres, seccionando sus extremidades inferiores para facilitar su transporte. Los implica a los dos en esa acción, e igualmente en el traslado de los cuerpos hasta la escombrera de Mandiá, a la que se accede por la carretera de Covas donde serían encontrados, la tarde del 8 de septiembre, metidos en un bidón y varias bolsas en las que aparecerían además varias de las armas empleadas, colillas y envases de comida con ADN de los dos acusados, además de diferentes guantes usados por ellos.

Conversaciones > El tribunal basa su relato de hechos probados en el de Prado Riveiro y lo hace, según indica, avalado por otros indicios que implican también a la encausada. El primero, la “conducta” de Amenedo a lo largo de las actuaciones, sobre todo en relación a las conversaciones que mantuvieron en la cárcel ella y su novio, y que fueron reproducidas en el juicio. Llama la atención de los magistrados que ella nunca reaccione defendiendo su inocencia, cada vez que el procesado habla de los autores del crimen el plural o la implica: “Es absurdo que quien es ajeno a todo esto no se muestre de manera más categórica y contundente contrario”.
Si, en la última sesión del juicio, ella juraba “por sus hijos” que no había estado presente en las muertes, la Audiencia estima que su modo de expresarse cuando, ya en prisión, le cuenta a su padre cómo sucedieron las muertes “compagina bien con una presencia directa de estos hechos”. A este respecto, la sentencia reproduce dos conversaciones; en ellas Amenedo explica a su padre que “no hubo enfrentamiento directo”, y que Prado Riveiro “fue a lo falso” para matar a Pachá, mientras que respecto a Claudia Castelo le detalla que “lo que le hizo fue apagarle la luz de la sala para que no le encendiera y prender la de la habitación para que ella tuviera que ir a la habitación, y según fue para la habitación, por detrás... ¡Ras!”. La secuencia denota, a ojos del tribunal, un “conocimiento directo”.

Limpieza > La resolución acude aún a otras cuestiones que apuntan a la autoría de la joven, como la aparición de colillas con restos biológicos de ella en el lugar donde se hallaron los cadáveres. Según interpreta el tribunal, los dos acusados intentaron “deshacerse del rastro” que habían dejado en el domicilio de las víctimas, en el “deseo conjunto de no dejar huellas del crimen cometido”. Para ello, limpiaron “profusamente” la escena del crimen de todo lo que habían tocado, desde las colillas a los envases de yogurt o arroz con leche que habían estado tomando, y que contenían restos del perfil genético de ambos, para hacerlos desaparecer. “Si la procesada se fumó cigarrillos y tomó yogures en la vivienda de las víctimas, es señal de que estuvo en aquella más tiempo del que dice que estuvo”, resuelve.

“Brutales” > Una vez resuelta la cuestión de la autoría, resta establecer el tipo de delito, que el tribunal ve como dos asesinatos cometidos con alevosía y ensañamiento. La primera cuestión la justifica el tribunal por el modo en que se perpetraron los ataques, de forma sorpresiva y sin dar a las víctimas posibilidad de defensa.
En cuanto al ensañamiento, destaca la sentencia la “perversa brutalidad” de las agresiones y del “excesivo” número de lesiones que sufrieron las víctimas, innecesario para causar la muerte. En la resolución se deja constancia de los cinco martillazos que recibió Pachá en la cabeza y las 14 cuchilladas, cuatro en el corazón, y en cuanto a Claudia Castelo, se habla de tres golpes de martillo y hasta 57 puñaladas. Los números permiten inferir, a criterio de los magistrados, “que los procesados actuaban bajo el perverso deseo de causar el mayor daño posible”.

La Audiencia cree al acusado del crimen de Betanzos y culpa también a su pareja