Reportaje | La “Armada Invencible” de Felipe II en la que los coruñeses se negaron a embarcar

Galeón español del siglo XVI de la Armada Real de Felipe II

El pasado día 19 se cumplió el 430 aniversario de la llegada a La Coruña de la fuerza naval más importante de la historia de España. Parte de esta imponente armada hace su entrada en el puerto coruñés el 19 de junio de 1588, al mando del duque de Medina Sidonia procedente de Lisboa; el resto lo hará al día siguiente. Aunque algunas naves permanecen dispersas en otros puertos debido a las malas condiciones en la mar, una vez pasado el temporal se les comunica, que el lugar de reencuentro es el puerto de la Coruña.
Para el día 27, y todavía con temporal en la mar, el duque de Medina Sidonia envía un comunicado al rey en el que cuestiona “si no sería conveniente dados los reveses sufridos, el continuar con la expedición o aplazarla hasta un mejor momento”. Al mismo tiempo que las fuerzas al mando del duque de Parma eran insuficientes, incluso unidas a las del mismo duque de Medina Sidonia para llevar a buen término semejante empresa. Este en su carta hace mención al monarca de los malos augurios en caso de fracasar la expedición naval contra la costa inglesa y las posteriores consecuencias que aquello podría suponer contra las plazas del rey.

Junta de la Armada
Para el mismo día, el duque de Medina Sidonia reúne una comisión de miembros de la Armada, para tratar sobre si la marcha de la expedición debía abortarse. Este consejo se celebra antes de recibir la contestación del rey Felipe II, al tiempo que se conoce el número de navíos que permanecían dispersos a lo largo de la costa atlántica, que sumaban un total de 34 buques de diverso tonelaje. La contestación del monarca a la carta enviada deja sin validez lo dicho en la junta de la Armada; el 1 de julio, aquella misiva dice: “A ser esta guerra injusta pudiera tomarse esta tormenta por señal de la voluntad de Nuestro Señor para desistir de su ofensa y siendo tan justa, como es, no debe creer que la desampare, sino le favorecerá mejor que se pueda desear. Alentaos pues a lo que os toca”.
Así las cosas, los preparativos prosiguen por mandato del rey, siendo embarcados 400 vasallos del conde de Lemos, armados con picas y arcabuces, que son distribuidos en los Tercios de la Armada. También se anuncia la llegada de otro número de vasallos del conde de Monterrey, mientras que los de La Coruña se niegan a alistarse en una guerra en la que no les iba nada y alegando que había que guardar la ciudad para lo que pudiese ocurrir. De manera que el duque de Medina Sidonia no puede con la tozudez de los coruñeses y no queda enrolada ninguna leva de La Coruña en aquellos barcos. A los pocos días, los vasallos de los condes enviados acaban por ser declarados inútiles y rechazados para el servicio.
El 10 de julio casi todos los barcos que hasta entonces estaban de arribada en los diversos puertos, reciben la orden de agruparse en el de La Coruña, aunque alguno de los mismos se hallaban en puertos del Cantábrico, a donde les había conducido la tormenta. Algunos de estos tendrán que ser carenados de nuevo, como aconteció con el “Santa María de la Rosa”, que fue arbolado en su totalidad en La Coruña, llenándose el puerto de carpinteros de rivera, calafateadores y toneleros. Dos días más tarde el rey Felipe II, envía una nueva carta al duque de Medina Sidonia en la que se congratulaba de la reunión de toda la Armada “dando gracias a Nuestro Señor, que nos quiere favorecer en el intento que se tiene, pues tantas tormentas a permitido que no se pierda ningún bajel”. Si no fuese posible salir con la totalidad, indica que dejase en puerto a esas doce o quince naves que se considerasen inútiles y ordenando salir a la mar con su flota antes del 20 de julio, si el tiempo lo permitía y ganar en la travesía los días que se pierdan por el mal tiempo. Responde el duque que la escuadra saldría el día 16 o 17 y que embarcaba a dos compañías que tiene en la ciudad y en su lugar deja a los enfermos, que suman más de 250 hombres. Pero el 19 de julio el duque seguía esperando que mejorase el tiempo.
El día 22 el duque envía un comunicado al monarca sobre la salida de la flota del puerto coruñés, la cual se compone de 136 naves de diverso porte que llevan a bordo unos 35.000 efectivos. El tiempo no era el más adecuado para la navegación al persistir las tormentas, pero en contra de la voluntad de algunos de los jefes que la mandan se lleva a efecto la orden dada por el rey de que los navíos zarpasen rumbo a las Islas Británicas.

Desastre naval
Con la salida de esta numerosa escuadra se puede decir con respecto a la Armada Real de Felipe II que esta había concluido su periplo en La Coruña, pero desgraciadamente, no sería así; poco tiempo después vendrán las nefastas consecuencias de este desastre naval. La tempestad en mayor o menor medida y los británicos, en un ejercicio de tiro efectivo, acabaron con lo que era el orgullo de la escuadra española. Pocas fechas más tarde, se conoce el desastre naval de la Armada de Felipe II, recalando algunas unidades en el puerto coruñés, entre los que estaban, tres galeones, entre ellos el “San Juan” y el “San Bartolomé”, dos galeras y una urca. A bordo llegan algunas compañías de los Tercios de Sicilia, que se quedan en esta ciudad bajo el mando del vicealmirante Recalde y entre los cuales estaban Juan de Luna, Gómez Carvajal, Diego de Bazán y Luis de León. Estos tuvieron una activa intervención en el cerco posterior de 1589, cuando los ingleses toman la Pescadería por espacio de 15 días, con resultados catastróficos para La Coruña.
Aquella flota, según una carta fechada el 6 de julio, había sido pertrechada de las siguientes bastimentas: 314 pipas y 29 barriles de carne de vaca; 856 quintales y 77 libras de tocino; 13 pipas de sebo,; 24 quintales y 7,5 libras de bacalao; 11 quintales y 61,5 libras de abadejo; 883 quintales y 36 libras de cecial; dos pipas de sardinas; 1.300 pipas de vino de Rivadavia; 200 pipas de vino de la Mariña y 495 pipas de vino del Ribero.
Se habían perdido numerosos barcos y sus dotaciones, así como las bastimentas embarcadas en el puerto coruñés, de ahí la propia frase del monarca de “No envié a mis barcos a luchar contra los elementos”. El nombre de “La Invencible” fue puesto por los ingleses. l

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